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Buenos Aires, Argentina
Buenos Aires, Argentina Demetrio Iramain nació en Buenos Aires, en mayo de 1973. Es poeta y periodista. Tiene algunos libros de poemas publicados, otros permanecen inéditos, y algunos textos suyos integran tres antologías poéticas editadas en el país. Dirigió la revista Sueños Compartidos y actualmente, ¡Ni un paso atrás!, ambas de la Asoiación Madres de Plaza de Mayo. Es columnista de Tiempo Argentino y Diario Registrado. En radio, co conduce el programa Pra frente (P’frenchi), en la AM 530, La Voz de las Madres.

viernes, 12 de agosto de 2011

Igual que la madera en el palito

POLÍTICA, IDEOLOGÍA Y CAMPAÑA ELECTORAL
 

 
 
 
Publicado el 11 de Agosto de 2011
 
¿Cómo vamos a llevar adelante un modelo transformador si no nos instruimos en política e ideología? ¿Cómo no prepararnos junto a nuestro pueblo para las confrontaciones severas que nos propondrán nuestros enemigos?

Transitando el presente año electoral, clave para el futuro mediato de los argentinos, surge un debate necesario: establecer los límites entre ideología y política.


Hay quien sostiene que la avivada de Miguel del Sel en apoyo a Eduardo Duhalde apenas terminado el escrutinio en Santa Fe, guardada celosamente durante la campaña, es “una lección de política”. No coincido. Si así fuera, no sería una “lección política” el mensaje que Néstor Kirchner envió en 2003, cuando dijo que él no iba a dejar en la puerta de la Casa Rosada sus convicciones, que no abandonó nunca.


¿Será entonces una “lección de política” la que nos legó Carlos Menem, cuando confesó que él nunca anunció su plan de gobierno porque si no nadie lo habría votado? ¿No es mejor lección la que dictó Cristina Fernández, que redobló la apuesta de su gobierno tras las esquivas elecciones de mitad de mandato? ¿No es la ética, acaso, la mejor de las lecciones políticas?


La principal enseñanza del ciclo inaugurado en 2003 es que quienes lo conducen y protagonizan no resignaron jamás sus ideales. He ahí su rasgo distintivo. En un proyecto emancipador, política e ideología no pueden estar enfrentadas. Nunca. Ambas se contienen, se expresan mutuamente; una está en la otra, como “la madera en el palito”, decía en un poema Juan Gelman. O como Néstor y Cristina.


Algunos afirman que la “excesiva ideologización” por parte de quienes apoyamos el proyecto nacional conduce a análisis erróneos y aislamiento. ¿Acaso no subyace en los conceptos “buena onda”, “consenso”, “no agresión”, la ideología de las clases que quieren dejarlo todo como está en la base material, para que continúe regresivo el reparto de la riqueza? ¿No es nuestra tarea hacer visible el anclaje conservador-liberal que mora al fondo de esos mensajes de superficie? ¿Cuáles motivos si no “excesivamente ideológicos” prevalecen en la loca campaña contra el juez Zaffaroni, y también en los argumentos de quienes han salido en su defensa? ¿Acaso no apuntan a nuestra más íntima fibra ética, nuestro deseo de ser mejores personas cada día, cuando se lanzan despiadados sobre las Madres de Plaza de Mayo?


La contracara de la sociedad del espectáculo no es la del aburrimiento, sino la del compromiso social y la militancia política en que se fundamenta el proyecto nacional.  Cuando la derecha reclamaba que Filmus no se presentara al ballotage, estaba pidiéndole su rendición incondicional. El “gesto de grandeza de aceptar la derrota” no es otro que agachar la cabeza y consentir la sumisión. No pueden permitir el gozo de no resignarnos nunca, así la disputa se presente ardua y desigual. Ese “poner la otra mejilla” del que hablaba Néstor, y que la militancia entendió como el modo de buscar el momento oportuno de contragolpear y pasar al frente. El Poder tiene el poder; nosotros la razón.


Naturalmente, existe en muchos ciudadanos un razonamiento meramente pragmático para decidir el voto. El desafío es incidir para volverlo más complejo, no únicamente la consecuencia de un impulso, y terminar definiendo una decisión que responda a un proyecto determinado de país, y no sólo a la efectiva tarea de un publicista y experto en imagen, cuyo rol, sin embargo, ha de resultar fundamental. ¿Es la ideología un disvalor para ello? Decididamente no. Se complementan.


Todo el modelo neoliberal se sostuvo sobre abundante filosofía política. ¿O qué fueron las teorías del “fin de la historia”? ¿No se debió en parte el éxito de la derecha neoliberal a la impavidez en que se sumió la intelectualidad de izquierda ante su avance desenfrenado? Al fenómeno del desempleo, y su huella en las corrientes anticapitalistas, ¿cuánto tiempo tardó en respondérseles, no sólo en la lucha política, sino desde el terreno de las ideas? ¿No fue la tan mentada “crisis del sujeto”, una crisis de la Revolución? ¿Hubiese sido igual de largo y sostenido el Consenso de Washington con una efectiva oposición desde el campo científico-cultural?


De ahí el oportuno surgimiento de colectivos dedicados a pensar la circunstancia histórica,  producir nueva teoría y, especialmente, participar desde la especificidad de lo intelectual en el barro de lo político. No sólo Carta Abierta, también este diario.


¿Cómo vamos a llevar adelante un modelo transformador si no nos instruimos en política e ideología? ¿Cómo no prepararnos junto a nuestro pueblo para las confrontaciones severas que nos propondrán nuestros enemigos? ¿Qué es si no una apuesta por la ideología y la historia modificar el calendario oficial de feriados nacionales? Si queremos cambiar la ley de entidades financieras, ¿cómo no formarnos y organizarnos políticamente lo suficiente ante la contingencia de varios días de cajeros automáticos vacíos?


Porque si no viene una nieta recuperada a los genocidas convertida en líder de la oposición, con un lenguaje pseudo izquierdista, ligero, a decirnos “vamos a portarnos mal”, y no logramos decodificar un mensaje que es pronunciado en un contexto muy preciso: la pueblada en Ayacucho, los muertos en Jujuy, las tomas en Tucumán, y el décimo aniversario de diciembre de 2001 empezando a rondar en las mentes más afiebradas, de derecha a izquierda.


Podremos perder una elección local, pero nunca el relato que construimos mientras avanza nuestro proceso liberador. La épica es nuestra. Y más ahora, cuando se derrumban en el mundo los paradigmas que colonizaron culturalmente a nuestros pueblos.

Evidentemente, la alegría es inherente al pueblo, y no es la solemnidad una buena compañera de la transformación. Que DJ Boudou pinche discos en el Planetario no le quita rigor a sus reuniones con sus pares de la Unasur. Porque “nadie siempre puede estar todo el día saltando y cantando ni tampoco llorando”, como dijo la presidenta Cristina Fernández cuando inauguró Tecnópolis.


No olvidemos nunca eso sobre lo que la presidenta nos alertó tantas veces: distribuir la riqueza supone no dejar contentos ciento por ciento a todos los actores de la sociedad. Pero eso inevitable.


Y conste que “el peronismo nunca planteó la lucha de clases, ni la guerra de pobres contra ricos. Al contrario, somos los creadores de la articulación entre capital y trabajo”, como reconoció Cristina en un discurso bisagra, pronunciado en Parque Norte, apenas iniciado el conflicto con las patronales rurales.


Precisamente, estamos a las puertas de concretar eso que la derecha quiso frustrar abruptamente apenas asumido el mandato que vence en diciembre: el reparto igualitario e inclusivo de los beneficios que permite un modelo de desarrollo como hace décadas no transita la Argentina. Tras cuatro años de ardua confrontación, nos encaminamos a superarla mediante los votos de agosto y octubre.

No caigamos justo ahora en las falsas señales de alarma de una derecha que, atormentada, toca desesperadamente el pito del caos, la sensación de derrota y fracaso, y el vaciamiento ideológico y ético como caldo donde volver a hervir su viejo proyecto de dominación.

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