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Buenos Aires, Argentina
Buenos Aires, Argentina Demetrio Iramain nació en Buenos Aires, en mayo de 1973. Es poeta y periodista. Tiene algunos libros de poemas publicados, otros permanecen inéditos, y algunos textos suyos integran tres antologías poéticas editadas en el país. Dirigió la revista Sueños Compartidos y actualmente, ¡Ni un paso atrás!, ambas de la Asoiación Madres de Plaza de Mayo. Es columnista de Tiempo Argentino y Diario Registrado. En radio, co conduce el programa Pra frente (P’frenchi), en la AM 530, La Voz de las Madres.

jueves, 6 de septiembre de 2012

EL LARGO CAMINO DE SER JOVEN
 
La juventud, parte indivisible del proyecto
 

 
 
Siempre se dijo de Néstor Kirchner que en verdad él era su ministro de Economía. Un ministro solapado, en las sombras, como si tuviera que pedir permiso para decidir sobre el proyecto económico de un gobierno del que él era su máxima autoridad. El paradigma neoliberal había llegado al extremo de escindir drásticamente la economía de la política, tanto que el nombre del ministro de Hacienda parecía más definitorio que el del propio presidente.
 
Algo de eso observó la Jefa de Estado en su discurso por el Día de la Industria. “No se trata de modelos económicos, sino de proyectos políticos”, dijo Cristina en Tecnópolis. Sin dudas, el primero es parte del segundo, incluso en los proyectos de país absolutamente divergentes del actual, cuyos argumentadores, sin embargo, se empeñan en sostener lo contrario.
 
Las medidas económicas anunciadas por José Martínez de Hoz el 2 de abril de 1976 indicaban claramente el proyecto de país que traían bajo sus espesas suelas los borceguíes militares. El genocidio fue intrínseco a ese proyecto. No marchaban separados el exterminio físico y la destrucción del aparato productivo nacional. No era una banda de forajidos ajena a la pulcritud financiera. Pero, claro, todavía hoy algunos lo cuentan al revés.
 
A propósito, desde hace unos días el diario La Nación cambió el diseño de su edición en papel, para –eso dicen– volverlo más ágil y atractivo ante sus lectores. “¿Por qué La Nación cambió La Nación?”, se pregunta con giro bergmaniano uno de sus columnistas, Carlos M. Reymundo Roberts. Arriesgo: porque no puede cambiar otra cosa. Sin dudas, la marca periodística La Nación quisiera torcer el rumbo de los acontecimientos que ocurren en la Nación desde hace nueve años, pero incapaz de hacerlo, cambia la fuente tipográfica de sus páginas.
 
Es un premio consuelo, después de todo, aunque demasiado pobre. Si como dice Jorge Fernández Díaz, “lo que en política es pecado, en periodismo es virtud”, se entiende por qué La Nación mantiene el calibre belicoso y oligárquico de sus comentarios editoriales, a prudente resguardo de lo que sucede en el país. Novedosos en el envase, prejuiciosos en el contenido. Basta repasar sus títulos editoriales para comprobarlo, uno de los cuales se pregunta “hasta dónde llegará el extremismo de Cristina”. La misma retórica empleada para justificar el genocidio.
 
Nada más reaccionario y viejo como el militante esfuerzo de La Nación por frustrar desde su narración interesada de los hechos el ciclo de transformaciones iniciado el 25 de mayo de 2003. Lo que en política es virtud, para cierto periodismo es pecado.
 
Los mismos que se oponen a que los jóvenes menores de 18 años voten en las elecciones nacionales son quienes militan para bajar el límite de edad para imputar delitos. “A delitos de adulto, penas de adulto”, se reduce su universo conceptual. Si a los 16 años se puede trabajar e ingresar así en la ecuación básica del capitalismo, por qué no habría de permitirse el voto.
 
Que manejen el auto de papá, sí; que opinen de política en la mesa, jamás. Esas argumentaciones parecen provenir desde posiciones aparentemente apolíticas, pero son todo lo contrario. Tienen por el Derecho simpatía sólo en el apartado de sus obligaciones. Lo estiman cuanto más impide hacer. He ahí, quizás, la expresión más concentrada del pensamiento de derecha.
 
De los 33 muertos contabilizados por la represión policial del 19 y 20 de diciembre de 2001, 10 tenían hasta 18 años de edad. Durante los años de la implosión neoliberal, vieron a sus padres perder el empleo, dejaron de ir a la escuela o fueron a ella sólo a comer, se organizaron como pudieron, y salieron entonces a la desesperada a la calle a decirle basta a De la Rúa, tras lo cual murieron bajo balas del Estado. Sin embargo, no recibieron de la ley de ese mismo Estado ni siquiera el reconocimiento a un derecho esencial: optar por el candidato que los podría sacar de su condición de extrema vulnerabilidad. No eligieron a la Alianza, pero la padecieron hasta la muerte. La “democracia” sólo los dejó opinar con sus cuerpos.
 
Los casos se repiten con frecuencia en nuestra historia. Sin ir más lejos, los estudiantes de La Noche de los Lápices, de cuyo secuestro se cumplen en unos días más 36 años.
 
Fueron ejemplo de vida, de entrega, de solidaridad, y no obstante, la ley los trató como adolescentes para sus derechos cívicos, y como hombres maduros para los rigores de sus mecanismos de represión.
 
“Cambiar la vida”, aconsejó Rimbaud a sus 17 de edad. La derecha, todo lo contrario. Para los que quieren que todo siga como está, el objetivo inmediato es prolongar la edad del pavo. Que los jóvenes sean consumidores, mas nunca militantes. Objetos de la ciudadanía de otros, y no sujetos de sus propios derechos ciudadanos.
 
Desde el 25 de mayo de 2003, esto viene siendo modificado exponencialmente. De aquí a algunas décadas, los profesores de educación cívica se referirán al ciclo kirchnerista como el de la restitución plena de derechos (al trabajo, a la salud, al alimento, al ingreso mínimo) y la creación de otros, que la ley no contemplaba: casarse con quien uno desee, sin importar el género del cónyuge, y votar, incluso sin haber cumplido los 18.
 
Como no siempre ocurre, la discusión en el plano normativo es consecuencia de algo que sucede previamente en la base social. El cambio en nuestra Carta Magna es, en ese sentido, inexorable. Que quienes cursan los 16 y hasta los 18 años puedan votar no es, en modo alguno, un proyecto traído de los pelos, ni aislado de la política imperante en el país desde hace tres mandatos presidenciales. El alentador aumento en la cantidad de jóvenes que a pesar de estar transitando su adolescencia hacen sus primeras experiencias de participación política es innegable.
 
Quienes insisten en desconocerles a los jóvenes sus derechos políticos, ¿dónde estuvieron durante la movilización popular del Bicentenario? ¿Bajo qué cama se escondieron cuando una multitud conmovedora de jóvenes salió a las calles a llorar la muerte de Néstor Kirchner, y lo que es más determinante aun: a ofrecerle a Cristina su voluntad de organización y lucha, su desenfado, para sostener su gobierno y profundizarlo?
 
“El camino de la juventud lleva toda una vida”, decía Pablo Picasso. Si lo sabrán las Madres de Plaza de Mayo. Un proyecto emancipador no puede tener entre sus protagonistas únicamente a los jóvenes, pero de ningún modo debe prescindir de ellos. Mal que le pese a la derecha, la juventud es parte indivisible del proyecto de país que sintetiza Cristina. Su garantía de continuidad. Más que un rasgo etario, el desafío es convertir a la condición “joven” del actual proyecto político en una definición ideológica. A quienes se quejan por las manifestaciones que asume la participación juvenil, en verdad no los deja dormir el fondo. Saben que La Cámpora es sólo el emergente de un cambio cultural. Y contra eso no hay 0-800 que alcance.

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