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Buenos Aires, Argentina
Buenos Aires, Argentina Demetrio Iramain nació en Buenos Aires, en mayo de 1973. Es poeta y periodista. Tiene algunos libros de poemas publicados, otros permanecen inéditos, y algunos textos suyos integran tres antologías poéticas editadas en el país. Dirigió la revista Sueños Compartidos y actualmente, ¡Ni un paso atrás!, ambas de la Asoiación Madres de Plaza de Mayo. Es columnista de Tiempo Argentino y Diario Registrado. En radio, co conduce el programa Pra frente (P’frenchi), en la AM 530, La Voz de las Madres.

viernes, 9 de marzo de 2012

Conflicto Docente

Los que miran el dedo en vez de apreciar la luna

Todos los sectores populares, de trabajadores sindicalizados o sin empleo formal, organizados como movimiento social o territorial, deben dejar de lado la lógica de la Carpa Blanca, la Marcha Federal, la ‘resistencia al ajuste’. No sólo los maestros.

 En enero de 2006, promediando el gobierno de Néstor Kirchner, las Madres de Plaza de Mayo decidieron realizar su última Marcha de la Resistencia, que sería la número 25. Un cuarto de siglo de esa formidable creación política, siempre simbólica y con grandes implicancias concretas, que acompañó las luchas populares argentinas durante todo ese tiempo, nacida en pleno terror dictatorial y mantenida durante la “democracia”, aun ante las inclemencias políticas más severas. 

Cuando Hebe de Bonafini fundamentó las razones de esa decisión muy meditada por todas las Madres, señaló que dejaban de hacer esas movilizaciones de 24 horas de marcha continua, porque “el enemigo ya no está en la Casa Rosada”. Con notables lucidez, humildad y disposición para la revisión incluso de sus prácticas más arraigadas, las Madres marcaban muy tempranamente los desafíos de la nueva etapa política abierta en el país. Emprender el nuevo camino de la “construcción” y ya dejar de frecuentar el de la “resistencia”. Cambiar para avanzar. Luchar, sí; pensar, también. “Protesta con propuesta”, como decía Hebe por entonces. 

Seis años más tarde, aquella señera posición de las Madres vuelve a cobrar relevancia y sentido. Por caso, deberían tenerla en cuenta algunos que, parados al sol del modelo, desde la misma vereda discursiva de los intereses populares, afirman a la bartola que el gobierno habría perdido el rumbo.

¿Habrán reparado en que el oficialismo asumió su tercera gestión consecutiva hace tres meses nada más, producto de un resultado electoral abrumador que lo respalda, consumado 150 días atrás? ¿De verdad creen que es Cristina Fernández quien tiene que demostrar todavía hacia dónde se dirige, cuál es su norte, cuáles sus prioridades estratégicas? De vuelta: ¿el gobierno?
Evidentemente, Clarín tampoco extravió el camino. Magnetto no llega a ningún lado, pero es allí adonde se dirige: el abismo del descrédito más absoluto. Tan firme y sostenida es su marcha (hacia el despeñadero), que durante largo tiempo logró reunir tras de sí a la oposición política, muchos de cuyos referentes, sin embargo, se dieron cuenta y bajaron, aunque tarde y por la puerta de atrás.
La ecuación de la derecha es obvia. Desfinanciar al Estado, sobreactuar varios conflictos sectoriales simultáneos, editorializar sobre ellos como si fueran un grave problema social, y recurrir a la calle si ello fuera posible para abortar a través de ese combo lo que Cristina viene anunciando desde hace largos meses: el desafío de institucionalizar los cambios para dejarlos asentados en el nuevo país postneoliberal.

Mientras el gobierno quiere conjurar la crisis del capitalismo anarco-financiero redireccionando sus subsidios, maximizando sus ingresos, privilegiando a los más débiles por sobre el resto, Macri le tira el subte por la cabeza para intentar volver flacos sus recursos. Atención: conservan gran poder de fuego en los medios, todavía. Y dinero. “Poder fáctico”, que se dice, sobre el que también habló Lorenzetti el martes 6.

Las desmesuras siempre ayudan poco. Apelando a los mismos giros retóricos, alguno podría invertir su carga y reclamarle a ciertos críticos que sean ellos quienes dejen de jugar a las escondidas. Y que si quieren convocar a un paro general, que lo digan; si quieren irse de su partido para armar algo por afuera, que lo digan; si quieren formar con Micheli una “CGTA”, que lo digan. Para decirlo en jujeño: ¿por qué mejor no lo charlamo’?

Por lo demás, calibrar el curso del gobierno por los 200 pesos que separan a los gremios docentes de lo propuesto por el Ministerio de Educación es, cuanto menos, imprudente. Precipitado. A menos que se tenga decidido de antemano el rumbo propio, opuesto por el vértice al del oficialismo, y se espere cualquier hecho político para expresarlo, sin reparar, incluso, en que eso suene a excusa.

¿Puede haber perdido la brújula un gobierno que mantiene a raya a los grupos económicos, que no tolera despidos, que defiende la producción argentina, limitando hasta lo indispensable las importaciones, que logró convertir en causa regional el reclamo por Malvinas, que insiste en hacer valer su derecho a integrar los directorios de empresas estratégicas para el desarrollo nacional? ¿Sólo por ofrecer un porcentaje de aumento salarial inferior a lo pretendido por los docentes, después de ocho años consecutivos de incrementos siempre por encima de las mediciones de inflación, incluso las privadas?


Todos los sectores populares, de trabajadores sindicalizados y otros sin empleo formal, organizados como movimiento social o territorial, deben dejar de lado la lógica de la Carpa Blanca, la Marcha Federal, la “resistencia al ajuste”. No sólo los maestros. El 2001 quedó atrás, también sus categorías para analizarlo. La antipolítica ya no es más una respuesta posible. Urge alcanzar un nuevo acuerdo entre los argentinos, el nuevo Estado que surja de él, quizás un nuevo marco normativo que exprese el formidable cambio que viene operando en el país, tal como lo reclamara Cristina en Huracán en marzo del año pasado.

La misma tolerancia que tuvieron los docentes cuando tiraron abajo la Carpa Blanca en diciembre de 1999, apenas asumida la Alianza, firmándole un cheque en blanco a De la Rúa que muy pronto el último presidente radical traicionaría, les solicita ahora Cristina a los maestros, ofreciéndoles como garantía los nueve años de modelo nacional y popular, y la dirección favorable a los trabajadores, nunca neutral, de sus políticas públicas. Le sobra espalda para reclamarlo.

 Ya nos había advertido la presidenta cuando cerró su última campaña electoral: “Los tontos son aquellos que cuando alguien señala con el dedo la luna, miran el dedo”, dijo. El tiempo ha pasado, y varios insisten en la misma necedad. En vez de leer como una unidad el mensaje presidencial, algunos se detienen demasiado en el brevísimo renglón referido a los tres meses de vacaciones en la escuela. ¿Por qué no se destaca en su justa medida la apelación al compromiso colectivo, el reclamo por las familias que dependen del colegio abierto para poder ir a trabajar, la defensa de la escuela pública no sólo en las palabras, y la demanda de mayor comprensión hacia un gobierno que ha hecho de la educación estatal gratuita y de calidad, una consecuente política de Estado?

 Cristina no hablaba de 200 pesos, sino de un imperioso cambio cultural que logre hacer salir indemne al proyecto en marcha en medio de la profunda crisis que atraviesa el capitalismo global, cuyo rumbo sí se desconoce. Los maestros –que son trabajadores, pero también formadores de ciudadanía, la primera mediación institucional entre un niño y la sociedad en la que vive y crece, y que en unos días les enseñarán a nuestros hijos qué fue el 24 de Marzo– están llamados a desempeñar un rol concluyente: convertirse en el caso testigo de quienes asumen ese deber social, esa obligación histórica

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