peronismo y lucha ideológica
"Será revolucionario o no será nada"
Tantas décadas después del 17 de Octubre, el peronismo quizás sea una filosofía del poder. No sería poco.
Para Hugo Moyano el partido Justicialista se
convirtió en una "cáscara vacía", incapaz de expresar la rica pulpa que
el camionero representa. Cuando eso dijo en Huracán, en diciembre de
2011, todavía no marchaba a la Plaza de Mayo con Luis Barrionuevo, ni
sus protestas merecían la encendida solidaridad de la Sociedad Rural.
Ahora se sabe que estaba hablando de otra fruta.
Curada en salud, la derecha aprendió a no dudar: sin demasiados giros
sintácticos sostiene que cuanto más a la izquierda esté el peronismo más
peronista será. Quizás leyó mejor que muchos a John William Cooke, para
quien "el único nacionalismo auténtico es el que busque liberarnos de
la servidumbre real: ése es el nacionalismo de la clase obrera y demás
sectores populares, y por eso la liberación de la Patria y la revolución
social son una misma cosa, de la misma manera que semicolonia y
oligarquía son también lo mismo." El concepto, formulado por Cooke en
Cuba 52 años atrás, aún hoy sirve para entender lo que pasó en Mar del
Plata hace una semana.
A propósito, el pasado sábado Jorge Fernández Díaz así tituló su columna
en el diario La Nación: "Cómo nos gusta que el peronismo nos mienta."
En la nota de mención, su autor comparaba el arribo de la Fragata
Libertad al puerto marplatense con la llegada a la misma orilla –pero
hace 22 años– del portaviones norteamericano Kitty Hawk, transportando
50 aviones de combate en su lomo. Ilusión menemista de "Primer mundo"
entonces, fantasías de "patria sí, colonia no" ahora, bajo el mismo
soporte ideológico, lo suficientemente elástico, vago e impreciso como
para poder contener con singular gracia dos perfiles políticos tan
disímiles: el peronismo.
Lo que intriga es el título, sin embargo. Fernández Díaz se posa sobre
una distancia que no convence a nadie, y apelando a la segunda persona
del plural asume para sí la subjetividad de una sociedad aparentemente
manipulada, engañada deliberada y repetidamente por el peronismo. A
Julio Cobos, que hablaba de sí mismo en tercera persona, y siempre
estuvo ajeno a casi todo (especialmente el gobierno nacional que supo
integrar -que no supo integrar- durante cuatro largos años), no le
habría salido mejor.
Tantas décadas después del 17 de Octubre, el peronismo quizás sea una
filosofía del poder. No sería poco. Tal vez incluso menos que eso: un
manual de procedimiento. De ahí que "Néstor y Cristina militaban de
lejos el peronismo noventista", como dice, enojado, Fernández Díaz. Sin
dudas estaban esperando su oportunidad. En la Argentina, la izquierda
que se asume como tal, meramente formal y explícita, adolece de la
imprescindible lectura de ese vademécum. "Todo es ilusión, menos el
poder", decía Lenin. De Altamira a Giustiniani preferirían vivir de
ensueños. "Todo es fantasía, menos gobernar", aportaría Kirchner. "Para
los 40 millones de argentinos", agregaría, y sin neutralidades, Cristina
Fernández.
Cuántos que creen “ganar las discusiones” quisieran contar con esa
afiatada maquinita de mandar. Hay una izquierda que vive despotricando
contra el Estado y después se casa por Civil. Pronuncia discursos con
principios morales para adornar que el día de la votación mete en el
sobre una hoja de papel de diario. ¿Será que aceptan dócilmente que su
módico universo electoral se circunscriba a "las necias que se mueren
por los charlatanes", como decía Roberto Arlt?
Con tal de existir, cierta "izquierda de derecha" se esmera en parecer
otra cosa. De otro modo no se explica la insólita solidaridad de Hermes
Binner con Henrique Capriles, ni la caminata por Playa Grande en bikini
de Victoria Donda junto a Alfonso Prat Gay, secundados por Humberto
Tumini, quien luciendo su chamise Lacoste no tuvo mejor idea que
confiarle al cronista del diario La Nación que los militantes del ERP no
se enriquecían como los funcionarios de La Cámpora.
Qué sorpresa enterarnos cuatro décadas después del Devotazo que al
centenario diario de la familia Mitre Mario Roberto Santucho le resulta
más amigable que Eduardo "Wado" de Pedro. A 40 años de las ofensivas
luchas de la clase obrera, a la derecha le viene bien cualquier
argumento que desmienta y contradiga a quienes quieren poner otra vez a
la delantera a las clases subalternas. Está visto: el oportunismo no es
sólo un recurso de los viejos habitué a la unidad básica.
Para la derecha, el peronismo será tolerable en tanto tienda hacia la
conjunción entre clases objetivamente incompatibles, aunque bajo el
claro predominio de la burguesía. "La reconciliación", diría Ricardo
Darín. Y si no, no. Un "peronismo" que se chupe el dedo y se cuide bien
de no "disparar" con 22 mensajes seguidos vía Twitter, de 140 caracteres
cada uno, para responder la más corrosiva acción de prensa que haya
padecido un gobierno democrático. Lo de Cristina, "una metralleta para
violar la división de poderes y sitiar la justicia"; las mil tapas de
Clarín y otras tantas operaciones de Magnetto contra el gobierno, el
sagrado derecho a la "libertad de expresión". Singularidades de la
"prensa independiente".
Las únicas pujas políticas a ser aceptadas por la derecha serán las que
protagonicen las distintas facciones de la burguesía: un "peronismo"
noventista y financiero enfrentado a otro desarrollista y proindustrial,
que sustituya por producciones locales las mercancías hasta ayer
importadas, incluso a costa de cierta inflación. Pero jamás si se
resuelven crecientemente en favor de los trabajadores las
contradicciones propias de toda sociedad capitalista. Eva en el billete
de cien pesos, vaya y pase; su rostro mirando desafiante las calles de
Barrio Norte, y comprensiva hacia Barracas, todavía; pero la
distribución progresiva del ingreso, la juventud "unida y organizada"
ocupando puestos clave del Estado, rejuveneciendo con nuevas prácticas
transformadoras y mirada estratégica las viejas estructuras políticas y
los gordos aparatos burocráticos, eso nunca.
El peronismo, mal que les pese a tantos y tantas a la derecha del
escenario actual, tiene marcado desde sus orígenes otra cosa, muy
distinta de lo que de Piumato a Claudia Rucci quisieran para él. Le
sienta mejor la foto de Cristina en La Habana, con Nicolás Maduro y los
hermanos Castro, que el forzado minué que aspiran a bailar desde Moyano
hasta Mauricio Macri. Todavía hoy no pocos insisten en creer que "el
peronismo será revolucionario o no será nada". Así, al menos, pensaba
Eva Duarte de Perón.
malas palabras
¿Pueden imaginarse a Hebe presa?
¿El fiscal habrá pensado igual sobre Eduardo Buzzi, cuando dijo que había que "desgastar" al gobierno?
Lo único que le falta a la justicia de ojos
siempre abiertos, atenta a las necesidades de última hora de las
corporaciones económicas, es meter presa a Hebe de Bonafini. Si un juez
federal hiciera caso a la acusación del fiscal Diego Nicholson y
procesara a la presidenta de la Asociación Madres de Plaza de Mayo,
estaríamos ante un salto cualitativo en los escándalos que es capaz de
provocar el Poder Judicial. Seguramente se ahondaría la crisis de la
justicia, que atraviesa una edificante discusión ideológica despachos
adentro y cuya disputa alcanzó tomas de posición públicas.
Qué preocupada debe estar la derecha judicial al ver cómo crece la
cantidad de jueces, fiscales, defensores y funcionarios que suscriben
las solicitadas por "Una justicia legítima". Naturalmente, cuanto más
democrática quiera ser la justicia, más retrógrados se volverán sus
múltiples segmentos reaccionarios. Equilibrio de las especies, que se
dice.
Es notable, pero en su presentación judicial el fiscal le imputa "lo
vulgar de las palabras" de Hebe, no obstantes lo cual "esa exigencia no
debe ser sólo entendido como provenientes de alguien de muy mala
educación (sino) como partes de una misma acción intimidatoria". Las
malas palabras. Hebe no aprende más.
Prisión a la emblemática Madre de Plaza de Mayo por presionar con malos
modales a los jueces, no como hace Magnetto, que erosiona gobiernos
democráticos a través del límpido recurso de la operación de prensa, ese
genuino recurso de las corporaciones en las sociedades liberales. ¿No
tienen acaso los pueblos derecho a peticionar y a reclamar públicamente
por lo que creen justo?
¿El fiscal habrá pensado igual sobre Eduardo Buzzi, cuando el capo de la
Federación Agraria dijo que había que "desgastar" al gobierno? Claro,
Buzzi acababa de ganar la batalla legislativa por la Resolución 125. Por
entonces, el partido de los dueños de la tierra contaba con un
vicepresidente propio. ¿Qué juez o fiscal habría de procesarlo? Por otra
parte, ¿no debieran ser los propios jueces de la Corte los que, si se
sintieran amenazados por las Madres, solicitaran un refuerzo policial a
sus custodias?
La justicia se permite ser coaccionada por los poderes fácticos, pero
siempre con buena educación. ¿Alguna vez alguien leyó de los editores en
jefe del diario La Nación una puteada? El mayor exabrupto de Clarín fue
haber pedido el procesamiento de periodistas por el delito de lesa
opinión, y si bien fue una barbaridad democrática, el barniz del
discurso procesal penal lo disimuló bastante.
¿Dónde están que no se oyen los que decían que el Ministerio Público
fiscal era un apéndice del oficialismo, cuyos magistrados estaban
alineados a la conducción de la Procuradora general de la Nación,
Alejandra Gils Carbo?
En parte, no sería en vano que suceda. Si sobreviniera un procesamiento
de Hebe se abrirían, por fin, las compuertas que mantienen cerrados,
ajenos a la democracia, los tribunales, y que impiden verla a la Señora
de ojos vendados cómo mira por debajo de la gasa. En ese caso, ni falta
haría que las Madres pronuncien su discurso al fin de cada marcha de los
jueves al pie de las escalinatas del Palacio, esquivando la caca de
palomas. La democracia se merece de una vez que las formas se parezcan
al fondo del asunto.
polémico pedido del actor
El Grupo Darín y la reconciliación nacional
Darín tendrá un merecido Oscar en su curriculum, pero la presidenta cuenta con el respaldo popular.
Si no brinda conferencias de prensa es
"soberbia y autoritaria"; si responde a las críticas que considera
injustas o infundadas porque "individualiza". A la prensa hegemónica no
hay nada que haga o deje de hacer la presidenta que le venga bien.
Naturalmente, todo lo que hace un mandatario es materia opinable, pero
¿todo debe ser criticado simplemente porque lo hizo o lo dijo la
presidenta? Es notable: a la carta de respuesta de Cristina Fernández de
Kirchner a la irrespetuosa diatriba (¿o denuncia a la marchanta?)
planteada por el actor Ricardo Darín, le dicen "crítica de la presidenta
a Darín por dudar del origen de su patrimonio". La crítica, en todo
caso, fue del actor, que empezó primero, y mereció la réplica de la
gobernanta. Como si la mandataria que inviste el cargo más importante de
la República no fuese tal cosa, sino, apenas, una vecina interviniendo
intempestivamente en una reunión de consorcio.
Según el sistema de sentidos creado unilateralmente por la prensa
opositora, Darín puede sugerir despreocupadamente que el dinero del
matrimonio Kirchner creció de modo irregular, pero la presidenta debe
evitar responderle. Para el organigrama mediático que estipula lo que
está bien y lo que está mal, si lo hiciera atentaría gravemente contra
la libertad de expresión de un artista. Ricardo Darín tendrá un merecido
Oscar en su curriculum vitae, pero la presidenta cuenta con un respaldo
popular mayoritario, expresado en las urnas de la democracia, que debe
honrar. ¿Por qué una mandataria revalidada en su cargo menos de un año y
medio atrás, debe dejar pasar que un actor multipremiado, con mucha
prensa, mimado por la crítica cinematográfica, le diga corrupta? Si lo
hiciera, ¿no estaría defraudando la confianza y la responsabilidad
depositadas en ella por la ciudadanía?
Darín puede decir cualquier cosa contra la presidenta porque es el mejor
actor argentino. Los demás, apenas una cohorte de aplaudidores que
viaja en avión presidencial al festival de cine de Mar del Plata. Fito
Páez toca porque le pagan; Alfredo Casero es un auténtico artista porque
no trabaja en el canal público. ¿Y la gente? La gente va a Plaza de
Mayo a disfrutar del concierto de Charly García, no a festejar los 29 de
democracia, menos que menos a escuchar el discurso de la presidenta.
Hay, no obstante, un tramo de la respuesta de Cristina Fernández en su
carta fechada en El Calafate, que, desafortunadamente, fue omitido en el
tratamiento mediático que se le dio al tema. Es el referido a la
"reconciliación". Dijo la presidenta: "Me interesa saber a qué se
refiere. ¿A los juicios de lesa humanidad? Porque ha habido alguna
jerarquía eclesiástica que se ha referido a terminar con los juicios por
la memoria, verdad y justicia utilizando justamente el término
‘reconciliación’. O tal vez usted se refiera a que me reconcilie con
quienes me desean la muerte, festejan la de Néstor o les gustaría
destituirme. ¿No sería mejor pedir que cesen los insultos, las
agresiones, los golpes a periodistas o la falta de respeto a la voluntad
popular?"
Y sigue Cristina: "La palabra ‘reconciliación’ goza de múltiples
acepciones. ¿Con quiénes deberíamos reconciliarnos? Porque créame, no
estoy peleada con nadie, aunque sí es público y claro que existen
diferencias de pensamiento con respecto a nuestro proyecto de país,
políticas públicas, la memoria, verdad y justicia... y eso es vivir en
un país democrático. No ponerse de acuerdo también es un derecho, como
lo es resolver de acuerdo a la voluntad y responsabilidad que el voto
popular le ha asignado a cada uno, sin la menor soberbia, simplemente
con la responsabilidad que me otorga la Constitución Nacional".
Paradójico. Justo cuando el país asiste a una grosera operación de
prensa que busca desprestigiar la política oficial en materia de
Derechos Humanos, haciendo foco en el ministro de Justicia, los medios
se saltean las precisiones de Cristina Fernández respecto de la
"reconciliación". Raro.
Realmente, es mucho más edificante debatir socialmente, incluso a través
de los soportes mediáticos, qué entendemos los argentinos por
"reconciliación", que insistir en vano con una denuncia penal sobre la
cual la Justicia ya se expidió hace años, con una pericia contable de
por medio. ¿O acaso la Justicia es creíble y justa cuando emite una
cautelar que dura entre 3 y 10 años, y lo es infinitamente menos cuando
falla a favor de un gobernante que hizo de la lucha contra las
corporaciones una consecuente política de Estado? La presidenta
respondía a la siguiente afirmación de Ricardo Darín: "Desde afuera se
ve que estamos en el fondo del mar. Yo quiero que le vaya (a Cristina)
como los dioses. Yo quiero que timonee, que convoque, que baje la
adrenalina, que llame a una reconciliación. ¿Cómo puede ser que entre la
gente común haya amigos que no se dirigen la palabra? ¿Sabés hace
cuánto que no pasaba eso?"
Sí lo sabemos, Darín: desde el primer peronismo, con un intervalo en la
década del setenta, que "no pasaba eso". Aquellos fueron los años de
mayor ofensiva popular. Cuando los pueblos avanzan, se organizan,
conquistan derechos, alcanzan puestos relevantes en la institucionalidad
del Estado (por ejemplo el gobierno y las mayorías parlamentarias,
aunque infinitamente menos en el Poder Judicial), los históricos
ganadores del capitalismo ven en riesgo la supremacía de sus intereses.
Es entonces cuando afirman que se terminó la concordia. Apelan al miedo.
Agitan fantasmas. Dicen "se viene el zurdaje". La reconciliación es
para ellos un tiempo impreciso, de duración variable, sin densidad
histórica, de quietud social y calma en las grandes pujas intraclases,
que pone en el freezer la historia y a resguardo de las clases acomodas
los inevitables cambios sociohistóricos que más temprano que nunca han
de sobrevenir.
Si así ocurriera por siempre, la civilización humana no tendría
historia, sino, apenas, una sumatoria de siglos, todos iguales entre sí,
o muy parecidos. La década del noventa es, para ellos, la síntesis de
la "reconciliación". El ansiado "fin de la historia". La clausura para
siempre de las ideologías, ese lastre de las sociedades del conflicto,
siempre en estado latente de revolución. El "jubileo" que reclamaba
ligera e insistentemente la jerarquía eclesiástica. No en vano los
indultos a los genocidas, el "vamos por todo" de la impunidad iniciada
por Alfonsín, el desmantelamiento del Estado en sus funciones económicas
estratégicas, y la asunción del mercado como el gran (des)organizador
social. Always.
OPINIÓN
La política de derechos humanos no se mancha
Ser hijo o hermano de desaparecidos no da derechos
políticos extra. Si eso ocurriera se trataría de un privilegio. Y los
desaparecidos cayeron en la lucha por otra sociedad infinitamente
mejor, más igualitaria y justa, profundamente libre, sin privilegios de
clase, de sangre o de cualquier otra especie, tan característicos del
capitalismo.
Paco Urondo, Rodolfo Walsh, Roberto Santoro y
tantos y tantas otras, no presentaron un certificado de intelectuales
ni dijeron "yo soy escritor" o "yo soy médico", para ser relevados por
sobre sus compañeros de riesgos de vida y compromisos de lucha asumidos
colectivamente, con total humildad y plena conciencia.
¿Acaso hay que darle la razón a Eva Donda, hermana de Victoria, que
piensa igual que Cecilia Pando, cree en la existencia de dos demonios
iguales aunque de distinto bando, y hasta dio un discurso en la Plaza
San Martín en reclamo del juzgamiento de los integrantes de ERP y
Montoneros? De ninguna manera.
Que el cortesano Carlos Fayt haya firmado una solicitada por los
desaparecidos en 1978 no lo excusa ante quienes lo señalan por haber
fallado dos veces a favor de las Leyes de Punto Final y Obediencia
Debida, la última cuando Néstor Kirchner era ya presidente y la Corte
Suprema tenía su actual composición. Menem estuvo preso durante la
dictadura y eso no lo exime de su responsabilidad política en el perdón y
olvido en que vivieron los genocidas durante su gobierno.
Las luchas políticas se libran con política. La historia la escriben los
pueblos todos los días, con el cuerpo y la palabra, y no con el
currículum de ex protagonistas devenidos en cualquier otra cosa
totalmente distinta y ajena a lo que supieron ser alguna vez.
El kirchnerismo supo sobrepasar los márgenes autoimpuestos por los
fundamentalistas de la imposibilidad. Néstor primero y Cristina después
obraron con firmeza ante poderosos enemigos, no durante los años en que
ocuparon cargos de menor importancia institucional, sino al arribar a la
investidura más significativa de la democracia. No es "relato", es un
lugar ganado en la historia grande de este país.
Si Clarín tiene objeciones que formular a la política oficial en materia
de Derechos Humanos debería intentar contrarrestarla con argumentos
políticos. Así funciona la democracia. Si Magnetto no supiera o no
pudiera expresar racionalmente sus pensamientos e intenciones, debería
exigírsele, cuanto menos, que sincere los intereses que lo mueven a
actuar del modo que lo hace.
Pero no. Eso sería pedirle demasiado a un consorcio empresarial lo
suficientemente grande y poderoso como para andar fijándose en
pequeñeces. Cualquier protagonista político o institucional con cierto
peso en el escenario actual que se meta con Clarín se come, cuanto
menos, una operación de prensa. La mafia se lleva mejor con intrincadas
astucias y bajezas morales de cuarta categoría antes que con el llano
debate de ideas.
Ninguna operación mediática, ningún oportunismo opositor, ningún
familiar sanguíneo que priorice su vínculo parental por sobre el
compromiso de lucha de los desaparecidos, podrán manchar a un gobierno
que hizo del fin de la impunidad, de la reivindicación de los
desaparecidos, y de la continuidad por otros medios de sus luchas, una
firme y sostenida política de Estado. Lo que el kirchnerismo hizo
respecto de lo que pasó en la Argentina durante el Terrorismo de Estado,
lo distingue en el mundo entero y le da identidad política, sustrato
ideológico y sentido histórico.
la justicia, en deuda
La Cámara "en lo Clarín y la Rural"
Si ciertas dependencias judiciales parecen feudos, si la
prospia de los nombres se repite, bien poco puede esperar la sociedad
democrática.
La justicia se encuentra desde el primer
minuto hábil del año 2013 en feria. La mayoría de los juzgados de todas
las competencias y fueros del país está de vacaciones. Sólo permanecen
guardias mínimas en algunas dependencias. En otras, ni la luz se
enciende. Los tiempos procesales se vuelven aun más laxos. La feria de
enero interrumpe los plazos y prolonga hasta febrero –y más allá
también– lo que para cualquier ciudadano común resulta improrrogable.
Por ejemplo, obtener un sobreseimiento al filo de fin de año que lo
rescate de una prisión preventiva. Pero no: para brindar en casa y con
la familia hay que llamarse Fernando de la Rúa.
El tribunal más encumbrado de la juricatura nacional sabe que el sistema
judicial está en deuda con la democracia. Para comprender muchos fallos
bastaría conocer cómo funciona la estructura interna de los tribunales,
la matriz oligárquica que articula su burocracia, y lo amigable que
resulta para sus miembros, la exclusiva "familia judicial". Sólo
ascienden los portadores de apellido. La movilidad escalafonaria es para
los ahijados de los padrinos, especialmente en el ámbito de la Corte.
Si ciertas dependencias judiciales parecen feudos, si la prosapia de los
nombres se repite como el eco en muchos fueros, bien poco puede esperar
la sociedad democrática.
El último acuerdo de cortesanos respecto de la Ley de Medios volvió a
dejar pagando a los otros dos poderes del Estado. Alguna vez, en pleno
conflicto con las patronales rurales por la Resolución 125, el todavía
hoy presidente de la Corte había declarado que lo mejor era "no
judicializar" los diferendos propios de la política, y que era allí
donde debían resolverse porque "para eso funciona la política". ¿Seguirá
pensando igual Ricardo Luis Lorenzetti? ¿Será que para él el lugar por
excelencia de la política ya no es más la soberanía popular expresada en
las urnas, ni las decisiones de los dos poderes del Estado de derecho
renovables periódica y democráticamente?
Sin dudas, el voto no positivo de Julio Cobos les sentó bien a quienes
no deseaban anticipar tanto los tiempos y obligar a los jueces a
asumirse como políticos, como pareciera estar ocurriendo ahora. He ahí,
quizás, otro de los logros de este tiempo de transición, veloz e
intenso: las cosas cada vez más claras.
Para el juez Raúl Zaffaroni, en tanto, la justicia no es una corporación
debido a que existe en su interior "pluralidad ideológica" entre sus
miembros. De acuerdo. Evidentemente, los 200 y pico de jueces y fiscales
que firmaron la solicitada por "Una justicia legítima" no son los que
insisten en mantenerse atados como con pernos a las corporaciones
económicas, mediáticas, eclesiásticas, o a todas ellas juntas. El
problema es la competencia: ¿habrá en materia judicial algo más
determinante que un fallo de la Corte? ¿Quién pudo más: aquel intachable
fiscal de investigaciones administrativas, Ricardo Molinas, renunciado
por Menem en 1991, o el riojano Julio Nazareno?
Que existen edificantes disputas y hasta una saludable batalla por la
hegemonía al interior del Poder Judicial es notorio. Tanto como la
adversidad de los progresistas en la correlación de fuerzas. A veces
pareciera que el poder económico baja una bandera a cuadros, tras la
cual el segmento más aristocrático de la justicia se pone en línea y
firma a coro sus dictámenes. El mismo día que la Corte rechazó el per
saltum en el expediente Clarín, contradiciendo lo perentorio de su
anterior fallo y extendiendo la cautelar hasta el impreciso día que haya
sentencia de fondo, otros jueces de un tribunal de más allá confirmaron
el sobreseimiento de De la Rúa por los crímenes ocurridos durante la
represión a la rebelión de 2001. Para la Agencia de Noticias del Poder
Judicial se trató, apenas, de los "incidentes del 20 de diciembre".
¿Qué pasaría si la cabeza del Poder Judicial enviara un mensaje a los
tribunales inferiores de absoluto crédito a sus competencias y apoyo a
su trabajo, aunque también muy claro respecto de su compromiso
institucional? Algo así hizo la presidenta hace una semana cuando
identificó a sectores del PJ como responsables por los saqueos
organizados miserablemente a cuatro días de la Navidad.
Que Néstor Kirchner haya presidido el justicialismo hasta el día de su
muerte, y que ese partido formara parte sustantiva del Frente Para la
Victoria, no le impidieron a Cristina producir semejante muestra de
autoridad, deber democrático y contracción al cargo más importante de la
República. A la presidenta pareció no pesarle su condición de
peronista, ni tener pactos con las lecturas más ortodoxas del movimiento
policlasista. Los pejotistas, claro, no se lo perdonan. Vienen alzando
las orejas desde 2008, cuando en pleno conflicto con las patronales
agrosojeras, Cristina dijo que después de las Madres ya nadie podría
considerar a la Plaza de Mayo como propiedad política exclusiva de los
peronistas.
¿Será capaz el Poder Judicial de una conducta semejante, de real
soberanía también para con la propia tropa, que parece lo más difícil?
¿O será nomás como dijo Martín Sabbatella, para quien algunos jueces no
están preparados suficientemente para enfrentar a las corporaciones,
porque ellas son parte constitutiva de la justicia? ¿Imagina alguien al
titular de la Corte pidiendo perdón en nombre del Poder Judicial por la
inacción de los jueces (cuando no pasmosa complicidad) ante el
genocidio, la impunidad, el saqueo del patrimonio público, el
desmembramiento del Estado?
Ya sé, ya sé: los jueces deben ser independientes, sus fallos no tienen
por qué tener en cuenta el contexto, el Poder Judicial debe velar por la
división de poderes (especialmente si se trata de un gobierno
progresista y popular), cada causa es un mundo, el fallo de Casación
nada tiene que ver con la condena de un tribunal oral, mucho menos con
la cautelar de la Cámara Civil y Comercial. Pero que las hay, las hay.
Ni en los Estados Unidos la justicia es un enclave al interior del
propio Estado, con semejantes niveles de discrecionalidad y autonomía,
como ansían nuestras élites. Los jueces deben ser independientes y no
autistas sociales, ahistóricos, desentendidos de la marcha de un Estado
que componen desde su especificidad. A este paso, ¿quién va a negarles a
Miguens, Biolcati y Etchevehere su derecho a ilusionarse con que la
"Cámara Nacional de Apelaciones en lo Clarín y la Rural" ampare a los
hacendados y suspenda a tiempo la "confiscación"?