Datos personales

Buenos Aires, Argentina
Buenos Aires, Argentina Demetrio Iramain nació en Buenos Aires, en mayo de 1973. Es poeta y periodista. Tiene algunos libros de poemas publicados, otros permanecen inéditos, y algunos textos suyos integran tres antologías poéticas editadas en el país. Dirigió la revista Sueños Compartidos y actualmente, ¡Ni un paso atrás!, ambas de la Asoiación Madres de Plaza de Mayo. Es columnista de Tiempo Argentino y Diario Registrado. En radio, co conduce el programa Pra frente (P’frenchi), en la AM 530, La Voz de las Madres.

sábado, 29 de septiembre de 2012

del 13-s al 7-D

Democracia sin neutralidades

La presidenta se propone gobernar para los 40 millones de argentinos. Sí, los 40 millones.

El kirchnerismo se agiganta cuanto más difícil se le presenta. Siempre ha sido así. Está en su ADN. Su primera victoria nació de un triunfo que no fue. Esa es su épica. El conflicto es su motor. Vino a la historia de los argentinos para cambiarla. Se agranda de visitante, y nada le sienta tan bien como un desafío, tanto más si tiene carnadura de clase.

Para el proyecto nacional y popular, inclusivo y democrático, de solidaridad e integración continental, de movilizar hacia arriba la perversa escala social cimentada por el capitalismo se trata. De subir de nivel a sus habitué. Pero para todos. No sólo a quienes disfrutan de un nivel de ingresos suficientemente alto, sino, y especialmente, a quienes más abajo se encuentran. Algunos, sin embargo, quieren el disfrute de ese estándar para ellos solos. Democracia, república, instituciones, sí, pero a prudente distancia de quienes "nada tienen que perder salvo sus cadenas". Cuando un gobierno procura extender los beneficios hacia los moradores de los primeros pisos de la pirámide, aparecen quienes temen perder su lugar exclusivo y excluyente. Si por ellos fuera, la movilidad social se quedaría quieta, y el buen pasar material sería otra cosa. Un privilegio, apenas. Como actores de telenovelas, se creen a salvo de las vicisitudes que deben atravesar los personajes que componen. Pero la cruenta realidad social tiene otra intensidad. No es ficción, y menos para las clases que por primera vez en décadas asisten a su, quizás, última oportunidad sobre la Tierra.


Hubo quien creyó que la presidenta iba a mermar su marcha en los puntos medulares de su proyecto de país, iniciado nuevo años atrás y revalidado de forma creciente en las urnas. Error. Ni siquiera ante la ONU se contuvo. El cacerolazo de consignas varias, programa impreciso y cero representación institucional fue respondido con más política. Clarín sintió el golpe, y respondió a los tumbos. Como Chávez (el boxeador).


Al momento de titular sobre la decisión oficial de sumar terrenos capitalinos para el programa Pro.Cre.Ar., Clarín puso el énfasis en los predios de los barrios cuyo valor por metro cuadrado cuesta mucho más que la media. "El gobierno planea construir viviendas en Liniers, Caballito y Palermo", tituló el diario de la cornetita buscando alarmar a sus vecinos hipersensibilizados, omitiendo deliberadamente que el programa también pondrá en valor terrenos en Parque Patricios y Pompeya, en el cinturón sur de la ciudad, donde no se oyó ninguna cacerola.


A quienes con ahínco y espíritu patriótico quieren regresar la correlación de fuerzas al escenario del año 2008, cuyo punto más complejo fue las seis de la tarde del domingo 28 de junio de 2009, Cristina les dedicó las retenciones móviles a la exportación de biodiésel. Sintomático. Naturalmente, esa producción no es comparable, por cantidad e incidencia económica, a la exportación de soja transgénica, pero que las hay, las hay.


Si los impuestos sobre otras exportaciones de bienes primarios merecieran el mismo comportamiento por parte del Estado, quizás podría reducirse la dispersión de precios sobre los alimentos, desacoplando el vaivén internacional de la mesa de los argentinos. Pero no. Al menos, por ahora.


Evidentemente, el 13-S fue la respuesta más o menos previsible a la profundización que se impuso el gobierno desde el 10 de diciembre pasado, cuando Cristina asumió su segundo mandato consecutivo. A medida que avance la sintonía fina, y se defina aún más claramente la distribución de riquezas, es de esperar que los segmentos sociales más acomodados asuman un perfil cada vez más activo y militante. El desafío es aumentar en unidad y organización popular para frustrar lo que más temprano que tarde podrá ser obvio: el zarpazo destituyente, que tiene fecha límite, el 7-D.


Nadie de entre quienes salieron a batir la olla dijo "no a la reelección, pero sí a la AUH". O "todo bien con la Ley de Medios, pero déjenme comprar dólares". O "extiendan el plan de viviendas para quienes no tienen ninguna, y devuélvanles los subsidios a la luz y el gas a mis copropietarios en Barrio Parque". Era un No a todo eso junto, multiplicado por su rencor de clase, cuyo resultado dio un reclamo inequívoco: "Cristina, andate." Esa y no otra es la agenda más acuciante de la derecha, que no consigue sistematizar en un programa político, ni sintetizar en un buen candidato que lo lleve adelante, capitalizando electoralmente las mieles de tanto odio.


Por momentos resultaron desopilantes los títulos y comentarios editoriales de los medios que ya sabemos: "Advierten que una contramarcha K profundizaría la división", proscribieron dos días después de las cacerolas. Ergo: si los partidarios del gobierno movilizan su respuesta a la "marcha del odio", como les dolió que le llamaran, se ahondaría la disputa social. Qué particular la noción de democracia para estos muchachos. En su visión, el kirchnerismo se habría quedado sin derecho a salir a las calles para no atomizar aun más el escenario social y político. Como si la única expresión válida y legítima fuera la protesta, y no las muestras de apoyo o acuerdo. En esa forzada, interesada y previsible composición mediática, no habrían sido los propios dirigentes del oficialismo quienes desestimaron solos, con total soberanía táctica, la encerrona a la que quería llevarlos la derecha, sino la petulancia de los convocantes al cacerolazo: ustedes no deben marchar. No importa si quieren o no hacerlo, si les resulta conveniente salir a la calle ahora o posponerlo para el 27 de octubre: no pueden. El oficialismo se ha quedado sin derechos. Como ese cacerolero de honestidad brutal, que reconoció ser un "golpista en defensa de la democracia". Si fuera Bush hijo, arrojaría bombas por la paz.  


Por lo demás, estaría bueno que la Feria del Libro saliera de su viejo reducto en el predio de la Sociedad Rural y cruzara la General Paz, en dirección de Tecnópolis. Las novedades editoriales estarían, física y materialmente, más cerca de las fracciones sociales que la suelen tener difícil en su acceso a bienes culturales. Algunos, claro, llamarían a esto lucha de clases, y tocarían el silbato ante su sola mención. Es notable: a la movilidad social vertical, al ascenso intraclases, lo llaman por su negación, que es la disputa sin cuartel entre clases contrapuestas por el vértice. "Lógica binaria", impugnan. Abren el librito y repiten de memoria cualquier salmo del viejo general, y más ahora que se cumplen años del asesinato de Rucci. Pero el nombre es lo de menos. Lo central es que la presidenta se propone gobernar para los 40 millones de argentinos. Sí, los 40 millones. Pero, y en esto también es irreductible: sin reconocerse neutral. Sin imparcialidades, ni distancias sobreactuadas, en el fondo ficticias. Timbre para algunos que son pocos, pero conservan todavía mucho dinero y su consecuente cuota de poder

martes, 18 de septiembre de 2012

LA DERECHA, EN ACCIÓN


Aparición con vida

La consigna “Aparición con vida” tuvo el mérito de condensar en sólo tres palabras la mayor respuesta al genocidio. El lema fue ideado en soledad por las Madres de Plaza de Mayo hacia 1980, y sostenido a pesar de múltiples resistencias, provenientes no sólo desde la derecha. A través del planteo, las Madres buscaban contrarrestar el discurso de la muerte que el poder militar había comenzado a ofertar a cambio de reconocer algunas de sus culpas. “Excesos”, como empezó a decirse.

Para algunos, que la dictadura accediera a confeccionar una lista de muertos en su “guerra antisubversiva” significaba un avance. Para las Madres, todo lo contrario. De ahí su consigna. Una respuesta visceral contra las perversas explicaciones que pudieran esgrimir los generales. Si las Madres aceptaban mansamente que la dictadura consintiera que sus hijos estaban muertos, para qué seguir en la Plaza, reclamando saber dónde estaban. Las Madres redoblaron la apuesta, entonces: “Con vida los llevaron, con vida los queremos”.

Años después, las Madres siguieron sosteniendo el reclamo. No porque estuvieran locas, que se negaban a hacer el duelo, sino porque veían allí una manera eficaz de denunciar los límites de la naciente democracia: impunidad para los genocidas, y ni siquiera una explicación formal por parte del Estado de sus pecados, lo que sí o sí debía incluir la sanción penal a los responsables. Un señalamiento permanente al Estado Terrorista, que no dejó de serlo del todo incluso más allá del 10 de diciembre de 1983.

Tantos años después, la consigna de las Madres vuelve a ser utilizada, esta vez como burla por parte de sus enemigos históricos. Desde hace más de 30 años que la derecha tiene clavada esa consigna en la garganta, y ahora intenta escupirla. Sus voceros no sólo quisieran deshonrar el pañuelo, sino además ridiculizar y vaciar de contenido una de las consignas más emblemáticas de la lucha contra el Terrorismo de Estado. No es cierto que cualquiera “podría usar el pañuelo blanco, y no por eso habría que pensar que se lo está manoseando”, como dice la diputada Victoria Donda. Ni siquiera la madre de Luciano Arruga. El pañuelo no trasciende a las Madres, que lo sostuvieron sobre sus sienes durante todos los años que duró la impunidad, y todavía lo portan cada jueves en la Plaza de Mayo. No es un pedazo de trapo, sino un hecho político único e indivisible. El pañuelo contiene una definición. Es sujeto en quienes lo crearon y no objeto de otros, que jamás lo respetaron ni le reconocieron entidad. Representa la vida de los reprimidos por el terror cívico-militar, y también sus luchas, que Néstor y Cristina Kirchner reivindicaron como propias y continúan desde su particular experiencia al frente del Estado.

A propósito, hay quien dice que el Gobierno debe hacerse cargo del cacerolazo y bajar un rango en su confrontación con los espesos intereses con los cuales rivaliza desde el 25 de mayo de 2003. Disiento. Lo que hay por detrás de una movilización planificada durante semanas, para nada espontánea, anunciada incluso en las versiones en papel de los diarios hegemónicos con, por lo menos, nueve días de anticipación, es la oposición irracional, prejuiciosa, de clase, a un programa de gobierno que se sostiene en dos premisas fundamentales: la solidaridad social, y la distribución de riquezas.

Que no fuera espontánea no tendría por qué estar mal, excepto para ese relato antipolítico sobre el que se montan las operaciones mediáticas de la derecha, que alienta las protestas. Lo espontáneo contra el “unidos y organizados” lanzado en Vélez.

Su aparente condición de “apolítica” contiene una verdad a medias: indudablemente, el cacerolazo no pudo (ni podrá, al menos en lo inmediato) ser capitalizado políticamente por la oposición. Esa incapacidad, no obstante, no le abrevia contenido ideológico: la simbología nazi que pudo verse en la marcha, la burla a las Madres, y las expresiones lindantes con el más rancio odio de la vieja oligarquía, hicieron del cacerolazo una clara expresión de los pensamientos más retrógrados de la escena política.

Evidentemente, los reclamos con un barniz republicano, de defensa de las instituciones democráticas por parte de un segmento social ubicado entre el medio y el techo de la pirámide de ingresos, logran sin demasiado esfuerzo traducirse en expresiones callejeras. Si durante semanas los medios más vistos, escuchados y leídos alertan a la población sobre un Estado policial en ciernes, y multiplican ese miedo por el denominador común del reclamo material, el resultado previsible será una Plaza de Mayo más o menos colmada.

¿Y cuál es ese mínimo común múltiplo? La resistencia al control estatal sobre la economía en negro, el rechazo a las pulsiones progresivas del sistema tributario todavía regresivo, la incomodidad ante la “sintonía fina” que les impide a sectores de ingresos suficientemente altos comprar dólares para atesoramiento y especulación, la reprobación ante la quita de subsidios a las tarifas de servicios públicos, y la exigencia de que el Estado deje de atender las necesidades del segmento más empobrecido y reasigne esos recursos en la fracción más acomodada.

De aquí al 7 de diciembre, cuando finalice el plazo establecido por la Corte para que el Grupo Clarín se desprenda de las licencias de más que todavía mantiene bajo su poder, la acción directa será vista como una virtud propia de las democracias más dinámicas. Los caceroleros de la esquina de Santa Fe y Coronel Díaz reclamarán para sí la misma soberanía institucional que tiene una sesión parlamentaria. Un asambleísmo de los propietarios. Un centralismo democrático cuyo vértice son los que más tienen que perder si se profundiza el modelo de inclusión ciudadana. Si pudieran reunirían miles de firmas para los fines más diversos, que con gusto reemplazarían por el resultado electoral de octubre pasado. Lo estrambótico que previó la Presidenta días atrás.

Que el Gobierno escuche las cacerolas, como aconsejan, tiene una única lectura: que suspenda los juicios a los genocidas; que endeude al país; que cancele la AUH y redireccione esos recursos camino del extremo más pudiente de la sociedad; que acabe con la sustitución de importaciones; que les devuelva el negocio de televisar los partidos de fútbol a sus antiguos dueños; que regrese a los bancos la potestad de controlar los fondos de jubilación; que reintegre al contado YPF, y, esencialmente (por el alto valor simbólico que tendría), que restituya las retenciones a la soja a los dueños y arrendatarios de las mejores tierras para cultivo, retornando la correlación de fuerzas al mismo nivel del año 2008.

La Presidenta, no obstante, parece pensar muy diferente. Cristina no va a ponerse nerviosa, notificó desde el interior profundo de la provincia de San Juan. Otros, ya lo están. El viernes 7 de diciembre se acerca inexorablemente al calendario de las conquistas populares más determinantes de nuestra democracia.

viernes, 14 de septiembre de 2012

El turno de salir a la calle
 

 
 
Hay quien dice que el Gobierno nacional debe hacerse cargo del cacerolazo del jueves 13 de septiembre y bajar un rango en la confrontación con los espesos intereses concentrados con los cuales rivaliza desde que se inició la experiencia kirchnerista. Hasta aquí, todo muy racional y democrático. Un gesto de republicanismo. Los canales de televisión, una herramienta comunicacional al servicio de la información veraz y objetiva. Sin embargo, lo que hay por detrás de una movilización planificada durante semanas, para nada espontánea, anunciada incluso en las versiones en papel de los diarios hegemónicos con, por lo menos, nueve días de anticipación, es el primer paso de una movida destituyente, desestabilizadora, o lo que dé.
 
Que no fuera espontánea no tendría por qué estar mal, o tener una carga negativa, excepto para ese relato antipolítico y antiorganizativo sobre el que se montan las operaciones mediáticas de la derecha en sus múltiples expresiones, que alienta las protestas. Lo espontáneo contra el “unidos y organizados” lanzado en Vélez. 
 
Quien reclama al Gobierno que “escuche el mensaje” de las ollas abolladas en las esquinas más paquetas de la ciudad, lo hace desde una lectura interesada de los hechos, y no como analista ajeno a las disputas que se tienden sobre su objeto de análisis. Eso es, exactamente, lo que los promotores de la protesta quisieran que hiciera la Presidenta de la Nación. Fue precisamente para eso que durante las semanas previas emprendieron una feroz campaña mediática tendiente a instalar en la sociedad el miedo a un supuesto Estado policial en ciernes.
 
Evidentemente, los reclamos con un barniz republicano, de defensa de las instituciones democráticas cuando estas son aparentemente vulneradas, por parte de un segmento social ubicado entre el medio y el techo de la pirámide de ingresos, logran sin demasiado esfuerzo traducirse en expresiones callejeras. Probablemente haya más en las próximas semanas.
 
De aquí al 7 de diciembre, la acción directa será vista como una virtud propia de las democracias más dinámicas. Los caceroleros de la esquina de Santa Fe y Coronel Díaz reclamarán para sí la misma soberanía institucional que tiene una sesión parlamentaria. Un asambleísmo de los propietarios. Un centralismo democrático cuyo vértice son los titulares de las cuentas bancarias más suculentas. Si pudieran reunirían miles y miles de firmas para los fines más diversos, que con gusto reemplazarían por el resultado electoral de octubre pasado. Lo estrambótico que previó la Presidenta una semana atrás. 
 
Por lo demás, resulta paradójico que le pidan clemencia y consenso al Gobierno, y no al más penetrante Grupo multimediático que no escucha (ni deja escuchar) el mensaje de las urnas de hace menos de un año, que no quita el pie derecho del acelerador en su confrontación con las medidas oficiales, y, esencialmente, que no da cuenta del fallo de la Corte Suprema que puso fecha límite al vergonzoso paraguas cautelar que otros magistrados de esa misma Justicia abrieron hace 3 años y lo mantiene todavía a resguardo de la ley. 
 
Que el Gobierno escuche las cacerolas, como aconsejan, tiene una única lectura: que suspenda los juicios a los genocidas cívico-militares; que endeude al país para cumplir con sus obligaciones de pago a los acreedores externos; que anule la Asignación Universal por Hijo y reasigne esos recursos al extremo más pudiente de la estructura social; que ajuste el gasto público; que acabe de una vez con el proceso de industrialización por sustitución de importaciones; que les devuelva el negocio de televisar los partidos de fútbol a Clarín y TyC Sports; que les devuelva a los bancos el control del aporte de los trabajadores para sus jubilaciones; que le devuelva YPF a Repsol; que les devuelva la retención por la exportación de soja a sus productores.
 
Evidentemente, “devolver” por parte del Estado no sería, como dicen, un gesto de grandeza y misericordia política y social. Hoy más que nunca, “devolver” sería volver atrás, regresar paulatinamente el ciclo abierto el 25 de mayo de 2003 a fojas cero. 
 
La Presidenta, no obstante, parece pensar muy diferente. Cristina no va a ponerse nerviosa, notificó desde el interior profundo de la provincia de San Juan. Otros, ya lo están. El 7 de diciembre se acerca inexorablemente al calendario de las conquistas populares más determinantes de nuestra democracia.
 
Previsiblemente, la derecha intentará tirar del mantel al suelo así se venga toda la cristalería al piso. Ahora les toca actuar a otros que son millones, que también sabrán salir unidos y organizados a las calles, sin ponerse nerviosos, a sostener el mantel sobre la fórmica nacional y popular, y lo que es más definitorio: a cuidar sus platos bien servidos para todos y todas, su posibilidad de tener un trabajo, su –quizás– última oportunidad sobre la Tierra.