Datos personales

Buenos Aires, Argentina
Buenos Aires, Argentina Demetrio Iramain nació en Buenos Aires, en mayo de 1973. Es poeta y periodista. Tiene algunos libros de poemas publicados, otros permanecen inéditos, y algunos textos suyos integran tres antologías poéticas editadas en el país. Dirigió la revista Sueños Compartidos y actualmente, ¡Ni un paso atrás!, ambas de la Asoiación Madres de Plaza de Mayo. Es columnista de Tiempo Argentino y Diario Registrado. En radio, co conduce el programa Pra frente (P’frenchi), en la AM 530, La Voz de las Madres.

jueves, 27 de octubre de 2011

Kirchner, un modelo militante siglo XXI

Publicado el 27 de Octubre de 2011

Hay quien mira su fotografía y llora. Todavía hoy. Yo no. Ya no. A este pueblo que componemos le quisieron dar un volantazo en plena curva, y no pudieron. Salió a la calle un 27 de octubre, hace un año, para impedirlo. Se dio cuenta a tiempo. Antes. Lo madrugó como un goleador de área. 

Néstor Kirchner construyó un modelo de militante propio de su época. He ahí, quizás, su mayor aporte. No forzó hasta el grotesco o la antihistoria la versión del militante heroico de los años setenta; creó uno afín a su concreta circunstancia: la de una democracia maltrecha, vacía, que necesitaba generarse a sí misma, nacerse otra vez. Su legado a la cultura política de los argentinos es vasto. Contundente y a la vez sutil.

La presidenta Cristina Fernández destacó en su discurso del domingo 23 de octubre que no hablaba sobre su marido desde su condición de “viuda”, sino desde el perfil que moldeó junto a su esposo durante los 35 años que estuvieron juntos: mujer, militante, parte indisoluble de una pareja política. No es la primera vez que se posiciona en ese sitio tan hostigado por discursos y prácticas de la postdictadura, falsamente reñido con lo institucional, y por fin reconquistado para el acervo social. 

Políticamente, a ninguno de los dos es posible pensarlo sin el otro. Son indivisibles. Se multiplican. Ese rasgo tan particular para una pareja de militantes devuelve al acontecimiento amoroso un atributo que la posmodernidad, el neoliberalismo, la crisis del sujeto, la derrota de la revolución, le hicieron perder dramáticamente: la circunstancia exterior. El proyecto propio, aunque sea de a dos, encarado en función de un colectivo mucho más amplio. El amor de Néstor y Cristina, cocinado en los fuegos de la entrega apasionada a la causa de la Patria, reivindica la noción de humanidad que el sistema intenta desmontar en la subjetividad de las personas que viven en él.

Néstor Kirchner rescató para las nuevas generaciones la Historia, sin grandes sobreactuados, pero sí con los necesarios. Con naturalidad propia de la Historia. Apeló al rasgo generacional para su construcción política, pero sin resignar la herencia. Construyó ilusión en una sociedad que la había perdido.
Reivindicó para la organización social la política, y rigió la gestión del Estado sin escaparle al conflicto. Al tiempo que no regalaba nada, apelaba a “poner la otra mejilla”. Inquietante. Interpreto: avanzar en los momentos justos. Llegado el caso, disponerse sólo para contragolpear. Desde el suelo o las cuerdas, lanzar los más inolvidables mandobles políticos, por su robustez y también por lo inesperado.  

Como pocos, supo resumir las tensiones de su tiempo. Aprendió a hacer de sus carencias su mayor capital. “La fuerza de él”, como dice Cristina replicando su ausencia. Siempre tuvo claro que el capitalismo dependiente que regentea la Argentina se había quedado sin ética, sin principios, sin proyecto de país. Supo que su momento político había llegado ni bien advirtió que las clases dominantes adolecían de plan superador para la sociedad de su tiempo. Un pueblo sin héroes se descubre huérfano y sale a la calle: lo encuentra en Néstor Kirchner y demuestra, en su envés, que el verdadero héroe es él mismo: pueblo movilizado. Lírica y poética nuevas. 

El santacruceño creó su programa cabalgando sobre la rebelión popular de 2001. Leyó como ninguno aquella crisis de representación en que se sumió el orden neoliberal resquebrajado. Tuvo la grandeza de armonizar justas y viejas reivindicaciones populares, complejas demandas de trabajo y justicia, con anquilosadas estructuras que ventiló desde la cúspide del aparato estatal, logrando que también ingrese aire por los zócalos. Tensó hasta lo impensado los estrechos límites de lo posible. 

Se recordará cuando en aquel frío invierno de 2009, tras perder aunque por escaso margen la elección en la provincia de Buenos Aires, Kirchner renunció a la presidencia del PJ, y en vez de desensillar hasta que aclare, se mostró a la semana del comicio junto a los intelectuales de Carta Abierta en Parque Lezama. Anunciaba de ese modo que el camino a recorrer transitaría la profundización de lo realizado hasta entonces. Lo confirmó días después cuando acompañó en un acto a las Madres de Plaza de Mayo. ¿Quién podía vaticinar que en vez de negociar un tránsito ordenado y decoroso hasta el fin del mandato, como le sugerían incluso sectores propios, enviaría al Congreso la Ley de Medios y recuperaría para el proyecto nacional los fondos de los trabajadores cautivos en las cuentas de las AFJP? Nadie. Décadas de posibilismo y pedagogía de la derrota impedían ilusionarse.   

Siempre dobló la apuesta Kirchner. Cada vez que la política le auguró silencio, en lugar de guardar violín en bolsa, tensó la cuerda con intenciones de que cante, no de que se rompa. 

¿Qué pájaro se subió a su pensamiento y voló del pasado al presente, la vez que siendo presidente se declaró compañero de los desaparecidos? ¿Volaba dentro de sí desde hacía años, bajito, suave, imperceptible, para que la sombra no descubriera su vuelo, o rajó de una luz y pasó a otra como fuego? Aunque eso, ¿a quién le importa? ¿Lo invalida, acaso? ¿Pregunta la hora a qué minuto corresponde el próximo segundo, o suma sesenta y a otra cosa mariposa? ¿Existe otra manera de ser tiempo histórico, presente político, en esta parte sur del mundo?

Hace un año que falta y de su agujero en la tierra crece polen de flores que salen por aquí. Néstor Kirchner se fue una primavera y a la siguiente regresó. No se había ido nunca. Hoy es millones de votos. Ayer fue niño que nació de madre bien alimentada. El futuro tiene olor a mañana va a llover.

domingo, 23 de octubre de 2011

Vamos a comer Fabián Casas

BINNER Y SUS PREVISIBLES APOYOS INTELECTUALES





Demetrio Iramain

Poeta



“Vamos a comer Caetano/ vamos a devorarlo, deglutirlo, masticarlo./ Vamos a lamerle la lengua”, canta Adriana Calcanhoto. Así, la cantante gaúcha hace suya cierta tradición antropofágica en la cultura brasileña, muy saludable por cierto, que plantea la necesidad de, en determinado momento de su desarrollo, terminar con lo anterior, “comerse” a Caetano Veloso, para nutrirse y nacer una nueva expresión cultural, renovada y distinta.
En la Argentina no es tan así. El año pasado el poeta Fabián Casas se sintió molesto cuando un grupo de escritores guillotinó uno de sus libros en el acto de presentación de la antología que los reúne. “Si Hamlet duda le daremos muerte”, se titula el libro que da voz a 52 poetas nacidos en los años setenta, algunos de ellos inéditos. Con el provocador gesto, esta suerte de “poetas del Bicentenario” quería representar la necesidad de terminar con la retórica del reviente, los clichés de la antipolítica y los protagonistas de la escena poética de los años noventa, y pasar al frente. 

La firma de Fabián Casas en una solicitada en favor de la candidatura de Hermes Binner lo explica todo. En ese texto, que también suscriben Beatriz Sarlo, Tomás Abraham y Federico Andahazi, entre otros, se justifica el apoyo al todavía gobernador de Santa Fe en la peregrina idea de que aún “persiste una gran deuda social” y que “a pesar del crecimiento económico a tasas formidables de los últimos ocho años, la disparidad en el acceso a los derechos económicos y culturales es dramática y millones de argentinos y argentinas viven en la pobreza y aun en la indigencia”.

Lejos de aceptar ser guillotinado, y junto a su libro el horror social de los años noventa, Casas se dedica a buscar denodada y militantemente rastros de menemismo para justificar en el escenario social de hoy su vieja arte-poética. No acepta bajo ningún concepto que el país ha cambiado sensiblemente en beneficio de las dos terceras partes de la juventud que en aquellos años noventa, cuando él publicó su primer libro, parecía condenada a poner “monedas en las vías, / miran pasar el tren que lleva gente / hacia algún lado. / Entonces corren y sacan las monedas / alisadas por las ruedas y el acero, / se ríen, ponen más / sobre las mismas vías / y esperan el paso del próximo tren./ Bueno, eso es todo”, como escribió en su poema “Paso a nivel en Chacarita”, de su libro Tuca.

Fabián Casas asume así una extraña forma: la de ser el “Pino” Solanas de la poesía, el Lanata de las letras argentinas. Sin dudas, su estética extraña al menemismo. Necesita de él. Pero en vez de cambiar sus formas poéticas, Casas opta por agachar la cabeza ante la nostalgia que siente de aquella devastación social e inventa una situación política a conveniencia de su voz lírica: la que le presta el soporte Binner. Error: esa, y no otra, es la “izquierda demasiado pedagógica” que escribe peor que la derecha, según observara en una entrevista reciente.
Por cierto, muchos pibes y pibas de hoy ya no se quedan al borde de la vía mirando pasar el tren. Arduas luchas mediante, el paraíso marginal de la tuca, la cerveza y el ocio (no el “ocio creador” del que habló Luis Luchi cuarenta años antes), dio paso a otra criatura social mucho más edificante, comprometida con su circunstancia, cercana a la agitación poética que propuso otro vecino de aquel paso a nivel: Roberto Santoro, desaparecido desde junio de 1976, cuyo nombre titula una plaza sobre la avenida Forest.  

Sería ingenuo plantear que todos los postadolescentes de hoy son activos militantes políticos, pero es igualmente falaz no advertir lo evidente: la presencia cada vez más explícita de jóvenes en instancias clave del Estado, en la conformación de centenares de grupos que asumen militancias territoriales y en la definición de un proyecto colectivo para el país, que sea generoso con la gente que lo habita y no sólo con los poetas que luego escribirán sobre él, bebiendo en la fuente de sus desmesuras. ¿El pueblo necesita revolución o bellos poetas malditos?

Así como el descalabro social que inauguró el menemismo fue musa inspiradora para narrar de mil maneras ese desgarramiento, desde 2003 asistimos a un hecho poético de nuevo tipo: la reconstrucción de esa tierra arrasada que fue la Argentina. El 27 de octubre del año pasado, esa nueva épica alcanzó su punto máximo: la salida a la calle en oleadas de un pueblo entero, dolorido pero entusiasta, con un único propósito: sostener a la Presidenta ante la muerte inesperada de su esposo y ex mandatario, y defender contra los noventistas de todos los colores agazapados en las sombras de la institucionalidad y los resortes hegemónicos de la cultura dominante, la alternativa política de las clases subalternas que Cristina Fernández conduce y sintetiza.   
En su poema Ezeiza, Casas se burla sin piedad de su interlocutor, su primo, parte de una generación de argentinos que “se colgaron de los árboles de Gaspar Campos/ y fueron a esperar el Duce a Ezeiza,/ tuvieron que soportar/ que el viejo no les trajera la revolución/ sino la peste”. Parece un berrinche de niño bien ante el fenómeno peronista, pero es bastante más que eso. Apunta al sueño revolucionario de toda una generación. Su primo tranquilamente podría ser Néstor Kirchner. “Príncipes violentos de los setenta/ ¿Qué podemos hacer por ustedes?/ No se convirtieron en políticos/ ni se exiliaron, ni están/ con dos enes en el pecho debajo de la tierra...”, se pregunta unas líneas antes, y algunos versos después concluye “a la gente le gusta pensar/ que la vida cambia. Y muchos viven pendientes/ de cosas que no le van a suceder nunca”.
Mal que les pese a muchos, esa lectura posmoderna de la generación perseguida por el Terrorismo de Estado, encandilada por las luces del centro que irradiaban fin de la historia, muerte de las utopías y caída del Muro de Berlín, fue superada por los propios acontecimientos.
Los versos de Fabián Casas resultan hoy un buen acercamiento para quien quiera leer en clave poética lo que nos pasó a los argentinos durante el menemato. Pero concluidos los años noventa, así como están no sirven más. En esta parte sur del mundo, tan dolorida de injusticias, la necesidad de “matar a los padres” y nacer a lo nuevo no es un asunto de vanguardias literarias, sino un mandato de la historia. No hay otro modo de ser y vivir. Vamos a comer Fabián Casas.

viernes, 14 de octubre de 2011

¡Ni un paso atrás!

SALDRÁ CON TIEMPO ARGENTINO EL PRIMER VIERNES DE CADA MES

Se presentó ¡Ni un paso atrás!, la nueva revista de las Madres de Plaza de Mayo



En un conmovedor acto realizado en el auditorio Juana Azurduy de la Universidad Popular Madres de Plaza de Mayo, Hebe de Bonafini agradeció a quienes con su solidaridad hicieron posible la realización de la revista ¡Ni un paso atrás!, que saldrá el primer viernes de cada mes con Tiempo
Argentino. 
El director de la revista, Demetrio Iramain, contó que las Madres llevan más de 30 años ininterrumpidos editando alguna publicación, desde los primeros boletines, pasando por las sucesivas etapas del Periódico, la revista Locas, Sueños Compartidos y ahora esta nueva iniciativa.

Tras ser presentada por Iramain como “la presidenta de este colectivo tan particular de mujeres luchadoras, madres de revolucionarios, sin las cuales difícilmente la Argentina hubiera podido llegar hasta la instancia política que estamos transitando hoy”, Hebe de Bonafini confesó que había contado “casi 980 años, acá en las primeras dos filas”, mientras sus compañeras y el auditorio reían. Luego recordó cómo fue la producción del primer boletín de las Madres: “Fue el modo en que sentimos que el otro recibía algo de nosotros, de lo que pasaba, de lo que no se contaba.”
Junto a ella, estuvieron en la presentación Iramain, el periodista Víctor Hugo Morales, el secretario general del SUTERH, Víctor Santa María, el poeta Camilo Blajaquis y Lucía García Itzigsohn, la editora general de la nueva publicación.