Datos personales

Buenos Aires, Argentina
Buenos Aires, Argentina Demetrio Iramain nació en Buenos Aires, en mayo de 1973. Es poeta y periodista. Tiene algunos libros de poemas publicados, otros permanecen inéditos, y algunos textos suyos integran tres antologías poéticas editadas en el país. Dirigió la revista Sueños Compartidos y actualmente, ¡Ni un paso atrás!, ambas de la Asoiación Madres de Plaza de Mayo. Es columnista de Tiempo Argentino y Diario Registrado. En radio, co conduce el programa Pra frente (P’frenchi), en la AM 530, La Voz de las Madres.

jueves, 14 de junio de 2012

Elogio de la ingenuidad

Sobre 678 y CNN

 

Y sí, somos ingenuos. Solemos creer de más. Somos confiados. Incautos a veces. Tenemos esperanza y fe en que esta instancia liberadora que transita nuestro pueblo desde hace nueve años, se profundice aún más. Crezca en intensidad. Se ahonde. Altere todavía más intereses concentrados, para distribuir utilidades entre las grandes mayorías que vienen padeciéndolos desde hace décadas.

Fue ingenuo el kirchnerismo cuando confió en Julio Cobos la vicepresidencia de su segundo mandato. Fuimos ingenuos con Moyano, con Alberto Fernández, con la trama argumental empleada para comunicar la racionalidad económica de la Resolución 125. ¿Quién nos va a negar el derecho a serlo otra vez más y polemizar ingenuamente, como dos inexpertos, de cara a quienes nunca asisten a nuestros debates y reflexiones, sobre la conveniencia o no de ir con un cubo de CNN a las manifestaciones de la derecha más rancia de la escena nacional?

Ante tanto odio del conservadurismo, tanta prepotencia mediática, tanta inclemencia patronal, nuestra ingenuidad, extrañamente, nos defiende. Al menos eso. Nos preserva ante las hostilidades super procedentes del capitalismo. Ante el sistema de la crueldad y el egoísmo, la ingenuidad es un escándalo.

Con toda la razón del mundo, las Madres de Plaza de Mayo se manifestaron en contra de la producción de 6-7-8. Ellas nunca jamás arriaron su pañuelo blanco. Con toda la razón del mundo, también, otros expresaron su acuerdo. “La ética de las consecuencias”, teorizó el filósofo Dante Palma.

Porque somos ingenuos nos clavamos puñales ante nuestros errores. No nos permitimos el mínimo desliz. Queremos cambiar el mundo, no algunos pocos síntomas que emerjan de él. Nos autoflagelamos delante de nuestros enemigos, en un gesto de debilidad que en lo inmediato será capitalizado por ellos, para ser utilizado en nuestra contra, pero que quizás, en un futuro mucho más lejano que pasado mañana, nos beneficie y hable por nosotros, amparándonos de quienes insistirán en combatirnos.  

Algunos se burlaron de la decisión de la Presidenta de la Nación, extendida a sus ministros y demás funcionarios de Estado, de pesificar sus ahorros en divisa extranjera. De “ingenuo”, calificaron al comunicador que inició la campaña pública en reclamo de tal decisión presidencial, que la mandataria aceptó humildemente el miércoles 6 de junio. Predicar con el ejemplo, que se dice.

Ingenuo es aquel que cree o confía sin mayor fundamento que su fe, su convicción. La confianza generalmente excede los marcos probatorios. Como un elefante queriendo mirar por el agujerito de la cerradura, la fe no califica según esos fríos rigores híper racionales. Fuerza sus límites. Los violenta. Es creer o reventar. Si la certeza se da sobre base científica, la ingenuidad se funda en la poesía.

La pregunta es por qué aquellos que se burlan de la “ingenuidad” de quienes creemos en el gesto presidencial, nos hablan desde un estrado de acceso restringido, ajeno a todo, que para ser reconocido como válido requiere el acompañamiento tácito de quienes no tenemos más remedio que escucharlos, como si el acto de sintonizar alguna de sus 301 licencias para operar radios y canales de televisión fuera fuente de toda legitimidad.  

El Che llevó el componente ético que debe tener toda revolución a la categoría de formulación teórica. Escribió mucho y bien sobre los estímulos morales que deben acompañar la construcción del socialismo. En el caso argentino de este tiempo, algo hay de todo eso, aunque no exactamente, claro.  

Desde luego, la presidenta de la Nación no conduce una revolución socialista. Pero debido a lo espeso de los intereses concentrados, económicos y culturales, en la Justicia y las Fuerzas Armadas, la Iglesia y los medios, que el kirchnerismo debió enfrentar palmo a palmo a partir de mayo de 2003, el proceso iniciado nueve años atrás tiene, indefectiblemente, algo de revolucionario. Ese “algo” podrá variar a “mucho” según la simpatía con que se lo mire. Algunos pondrán el acento en sus rupturas, otros en sus continuidades, pero difícilmente exista quien niegue que desde la llegada de Néstor Kirchner a la presidencia el pueblo logró avances notables en sus derechos, y la democracia emprendió, al fin, cambios trascendentales para la vida social. Lo importante no es discutir el calificativo que penda sobre el ciclo abierto en 2003, sino advertir sus alcances, individualizar claramente sus enemigos, y definir nuevas síntesis ideológicas y alianzas estratégicas que logren profundizarlo aún más.

¿Por qué el pueblo debe desconfiar del gesto de Cristina Fernández y su exhortación a los ministros, y, en cambio, creerles acríticamente a los comunicadores que permanentemente la hostigan? ¿No es más ingenuo, acaso, aquel que acepta dócilmente la verdad revelada, divina, comprada como niebla y vendida como humo, de los medios hegemónicos?

Sin espontaneidad, sin –cuanto menos– una dosis mínima de idealismo, inocencia, candidez, difícilmente el pueblo logre alcanzar la felicidad relativa a la que es posible aspirar bajo las gruesas cadenas que impone el capitalismo. Tanta es la concentración de voces y  dinero, que para enfrentarla se necesita indefectiblemente grandes sumas de “ingenuidad” y “confianza”, como califican, para tratar de doblegarla y defender con enorme fuerza militante todo lo hasta aquí conseguido. En ese juego andamos.

Yo no sé si esto es o no una guerra. Probablemente no lo sea, al menos en el sentido literal del término. Pero que algo mucho más fuerte que una simple disputa retórica, entre diferentes líneas editoriales, se está definiendo bajo la superficie del discurso mediático, estoy absolutamente convencido. Y eso que se está definiendo es la continuidad o no de un proyecto de emancipación, que sintetiza consigo muchas experiencias previas, de resistencia, rebelión, acción, reflexión, totalmente desconocido y novedoso para nuestra historia contemporánea. Y ahí sí, no dudar ni ser neutrales. No tenemos derecho a dejarlo pasar. Todo tiene solución, menos el inconmensurable error de frustrarlo. Las generaciones siguientes nos lo demandarían. Nuestra ingenuidad deberá perder en algún momento su candor y volverse invencible, enteramente lúcida y caliente como una confesión.

 

jueves, 7 de junio de 2012

“Dólares para todos”, país para poco

Queremos Desestabilizar
 

Los grandes actores económicos se arrogan para sí la exclusiva representatividad de los intereses del conjunto, pero no los defienden con igual intensidad. Por supuesto, basan su legitimidad, no en los resultados electorales, sino en su poder de fuego fáctico: la guita.


Las medidas para contener la presión sobre el dólar apuntan a un solo propósito: detener la demanda absolutamente injustificada sobre la divisa extranjera sin alterar el consumo interno, procurando obtener los billetes que se necesitan para cumplir con los compromisos de pago internacionales asumidos por el Estado argentino post renegociación (con millonaria quita incluida) de su deuda externa.

No es un “ajuste” de estilo noventista, ni un “soviet”, como lo calificó uno algún tiempo atrás. Menos aun, un gesto ampuloso e innecesario del “Fidel Franco” de nuestro tiempo, como describen contradictoriamente y sin precisión alguna la performance de Guillermo Moreno. Se trata, nada más y nada menos, que de una serie de medidas que demuestran una firme decisión estatal: doblegar a un mercado experto en cargarse gobiernos, tanto más ante la profunda crisis internacional, y la eventualidad de su impacto en nuestra economía. En conjunto, configuran una receta de estricta racionalidad fiscal, en medio de un capitalismo en severo aprieto, con países centrales en declive, y economías emergentes en ascenso. Sintonía fina, que se dice. Mas la derecha argentina, no lo entiende así.


A veces la realidad imita a la poesía. “Cuando el mundo tira para abajo es mejor no estar atado a nada”; menos que menos a una divisa en permanente depreciación. Sin embargo, en nuestro país ocurre frecuentemente a la inversa. Hastiados e históricamente críticos de las políticas de inclusión social, de los subsidios a las tarifas de servicios públicos, de las inyecciones al consumo popular, de la intervención estatal en favor de los sectores más vulnerables de la sociedad, grandes jugadores económicos y financieros reclaman ahora al Estado su decidida intervención: que liquide hasta 3000 millones de dólares de sus reservas en el Banco Central para calmar la sed de quienes especulan con la divisa estadounidense.
¿En qué quedamos? ¿Querrán ahora un plan “Dólares Para Todos”, acaso? Evidentemente, no. Los grandes actores económicos se arrogan para sí la exclusiva representatividad de los intereses del conjunto, pero no los defienden con igual intensidad. Por supuesto, basan su legitimidad, no en los resultados electorales, sino en su poder de fuego fáctico: la guita. Desde luego, a los grandes especuladores les importa un “corno” (como dijo la presidenta en el Congreso) que dos recién casados consigan reales para su luna de miel en Buzios; lo suyo es la obtención rápida de grandes sumas, sin más esfuerzo que comprar barato, retener y vender caro moneda extranjera, en una ecuación sin anclaje alguno en la producción de bienes y servicios.


Que no existan controles estatales para nadie, claman, aunque en el fondo quieran la dispensa para los poquísimos afectados por el rigor oficial. Saben que la rigidez gubernamental que beneficia a las mayorías y busca evitar las “distorsiones” del mercado, se cierne especialmente sobre los grandes actores financieros, enemigos del actual ciclo argentino, y que son los únicos con capacidad cierta de luxar el modelo económico, de creación de empleo, suma de valor agregado a las producciones primarias y reparto crecientemente igualitario de las riquezas socialmente generadas.


El plan es obvio: aprovechar la coyuntura internacional y las urgencias específicas del ciclo productivo, para imponer su pliego de condiciones. Debilitar al gobierno nacional, desfinanciándolo. Tensar tanto la cuerda que el camino se bifurque en dos senderos irreconciliables: radicalizar al extremo las medidas, obviando todo análisis sobre la correlación de fuerzas, o volver a los noventa. Aquello que el subdirector de La Nación, Claudio Escribano, le planteó a Néstor Kirchner apenas asumió en mayo de 2003, creen estar a las puertas de lograrlo nueve años más tarde: alineamiento incondicional con los Estados Unidos en detrimento de Cuba y Venezuela, y, por qué no, reivindicación de la represión dictatorial. Si no, ¿qué estaba haciendo Cecilia Pando entre los “espontáneos” vecinos movilizados en Callao y Santa Fe?


Para sostener la opereta, entonces: cacerolas. Sojeros amenazantes al borde de las rutas. Paro patronal rural. Histeria en los medios para que la haya también (y muy especialmente) en las calles. Con poco, la acción psicológica ligada al dólar corrió de los titulares la recuperación de YPF.


A propósito, de los cacerolazos en las esquinas más acomodadas de Buenos Aires supimos más por sus desbordes de intolerancia que por su nivel de convocatoria. A pesar del énfasis que pusieron los medios hegemónicos para relatarlos, el favor mediático no alcanzó a remplazar una condición indispensable: la falta de una condición objetiva que los justifique y seduzca a mayores segmentos de la población que excedan el núcleo duro de las familias más acaudaladas del país.


No obstante, cierta “rebelión” en Recoleta es predecible. Macri no ganó porque sí. Ciertos grados de polarización social, si bien deben ser atenuados, son inevitables. Tanto como advertir que esta vez no bramó ninguna olla en los barrios del sur de la ciudad, cuyos vecinos ya aprendieron que su situación socioeconómica no la defienden las patronales del campo.


Los cobardes ataques al fotógrafo de este diario y antes al equipo de 6,7,8 no nacieron de la nada. Parecen hechos más que aislados. Son el fruto tardío de un clima gestado por quienes se victimizan constantemente, y provocan ante la apatía de los dirigentes de la oposición, reacciones desmedidas que expresan la imposibilidad intrínseca de la derecha por conducir su tirria. Si el gobierno planifica el “exterminio” (sic) de los sectores agrarios, como afirma temerariamente Eduardo Buzzi, es natural que los trastornados de siempre se sientan llamados por Dios a intervenir del único modo que saben hacerlo: los golpes. El posterior silencio de la gran prensa hará el resto: una trama miserable en la que no se priva de tejer para su propia bufanda el jefe de Gabinete porteño Horacio Rodríguez Larreta, sobreactuando una agresión por la que fue señalada irresponsablemente La Cámpora, sin ninguna prueba documental que lo acredite, como sí tuvieron los periodistas golpeados bárbaramente. Una reedición rastrera, apenas utilitaria de la teoría de los dos demonios, para aplicación con fecha de vencimiento, en la perentoria coyuntura.


Ahora resulta que actuar para frenar la escalada del dólar paralelo es ilegal, pero no lo es publicar en la portada de los diarios el valor de cotización en las cuevas clandestinas. Raro. Guarda con el doble discurso mediático: sutiles operaciones en micrófonos hegemónicos, y mentiras y golpes en la acción directa, bajo el batir insoportable de las ollas Essen. Lo que no dice el cronista de TN, lo grita con su rostro desencajado por el odio de clase el vecino boina verde de Las Heras y Coronel Díaz. Pero ambos modos de intervención construyen un mismo mensaje. La derecha siempre viene por todo.

viernes, 1 de junio de 2012

Rapsodia en blue

Medios, especuladores y terratenientes

Las movidas en torno al valor del dólar ilegal, sobredimensionadas hasta el grotesco en los diarios, son la continuación de aquello que sucedió a fines de 2009, cuando oposición, intereses financieros y jerarcas mediáticos sintonizaron el mismo libreto y también fueron ‘por todo’.


El capitalismo se viste de democracia en las metrópolis pero se pasea desnudo en las colonias”, dijo Carlos Marx. Para nuestras grandes corporaciones económicas, igual. Sus “colonias” entre los países que quieren ser democracias, son los mercados negros. Allí hacen su agosto en pleno otoño. Su hipótesis de conflicto es el Estado, a quien intentan someter. O desfinanciar. Saben que es terreno de disputa entre visiones antagónicas sobre la sociedad, que siempre buscarán mantener bajo su dominio.

No sólo la moneda extranjera, el discurso opositor también cotiza en una oscura y volátil feria paralela. Se dice una cosa en superficie, pero se esconde lo que subyace bajo fondo. En los medios hegemónicos se recurre a explicaciones formales y de las otras. “Verdades” blue. 
Desde luego, la historia es mucho más que una sucesión en línea recta de determinados hechos. Para entender las conductas especulativas (cuando no saboteadoras) que se tienden sobre el mercado de compra-venta de divisa extranjera, se debe ampliar el alcance de la mirada. Como ocurre desde 2003, la tensión cambiaria sigue la misma lógica que la dispersión de precios: sin razón objetiva que las justifique, resultan el modo que los más rancios intereses tienen de intervenir en la puja redistributiva y frustrar el reparto de la riqueza. No es nuevo en la historia económica argentina. 

Las movidas en torno al valor del dólar ilegal, sobredimensionadas hasta el grotesco en los diarios, son la continuación de aquello que sucedió a fines de 2009, cuando oposición, intereses financieros y jerarcas mediáticos sintonizaron el mismo libreto y también fueron “por todo”. 

Se recuerda: el gobierno había anunciado la creación del Fondo de Desendeudamiento argentino (FONDEA) para cancelar con reservas del Banco Central –producto genuino del modelo productivo– los vencimientos de intereses de deuda de ese año. Era una medida de estricta sensatez económica, que procuraba reducir el costo financiero sobre las arcas del tesoro nacional, prescindir del financiamiento externo y evitar mayores daños ante la feroz crisis capitalista mundial. Por cierto, una política a tono con la quita de deuda pactada con los acreedores internacionales y que posibilitó al país transitar de modo efectivo y concreto –en los hechos y no sólo en las palabras– el camino del desendeudamiento. 

Pero algo falló, de entre los pliegues de la institucionalidad surgió el último cruzado del consenso neoliberal, que posó sus partes sobre los dólares acuñados por el esfuerzo social de los argentinos y negose a cumplir con la orden presidencial. 

Desde luego, nadie había votado al titular del Banco Central. A no ser por las revistas del corazón, pocos conocían su nombre. El proceso iniciado en 2003 llevaba consigo un mérito determinante: devolverle a la política un rol esencial por sobre los técnicos de Hacienda. Subordinar a la correlación de fuerzas de la lucha política el entramado de medidas económicas, muchas de las cuales, no obstante, apuntaban a una ecuación social básica: generar trabajo, sumar valor a las producciones primarias y distribuir utilidades. 
Sin embargo, el financista a cargo del Banco Central contaba con un sostén considerable: los medios hegemónicos. Su entonces presidente –luego candidato a diputado por el duhaldismo– contradijo la decisión de la mandataria, originando un conflicto de poderes que fue zanjado, como siempre ocurre, con la lucha política: venció la presidenta, incluso sorteando a los jueces en lo Contencioso Administrativo “Cautelar”. 

Ahora sucede lo contrario. Quienes hasta ayer reclamaban el cuidado in abstracto y al extremo de las reservas hoy solicitan al Ejecutivo que las liquide para calmar las operaciones de especulación financiera contra la moneda nacional, vendiendo en el mercado de cambios sumas injustificadas y que debieran servir para solventar urgencias económicas, medidas estratégicas o políticas de alcance más prolongado que un viaje de placer, y que comprendan al segmento social más numeroso y vulnerable. 

Dice Clarín a través de un economista del CEMA: “El oficialismo puede eliminar la incertidumbre ‘abriendo el grifo’ para que la gente compre dólares.” La reserva de valor de la moneda nacional, por la que batallaron hasta el recurso judicial, se convierte, de un plumazo, en un vulgar espejo de agua. Según este planteo, el “dinero para pagarles el 82% móvil a los jubilados” –como quisieron victimizarse entonces– debiera estar a disposición de quienes corren histéricamente al dólar para conservar sus ahorros y de los grandes actores financieros que cascotean el rancho de la viabilidad y previsibilidad económicas. Ya no sería el gobierno quien querría “caja”, sino las casas de cambio. “El gobierno debería calmar la cuestión del dólar (…) vendiendo 2 o 3 mil millones de dólares de las reservas”, se sincera Nadín Argañaraz en el mercado paralelo de discursos mediáticos. 

No hay caso: los apóstoles del capitalismo anarco-financiero no aprenden. Insisten en querer destinar al Estado un único papel: el de socio bobo de las exorbitantes ganancias de ciertos particulares, acuñadas a través de la división del trabajo capitalista, que los exceptúa de todo esfuerzo social. Un gobierno que sancione las normativas necesarias, deje llevar a los privados las millonarias ganancias, y sólo firme al pie. “Cargo menor”, como dijo Magnetto. No entienden que el Estado post 2003 procura un modelo sensiblemente distinto, de desarrollo endógeno, que privilegie el acceso de cada vez mayores argentinos al consumo y cuide (y mejore) la tasa de empleo. Capitalista, sí, pero con un límite muy riguroso: el control sobre las condiciones en que los servicios y los bienes son ofrecidos. 

¿Cómo explicar, si no, la forzada reedición del conflicto entre Estado y dueños de las mejores tierras bonaerenses para cultivo y pastoreo? Según los terratenientes (y sus narradores en los medios opositores), el gobierno debe asistirlos en caso de sequía, optimizar los caminos, facilitarles el acceso a puertos, prever un dólar alto para mejorar el rinde de sus exportaciones, pero no aumentarles ni un centavo los impuestos. Creen que saltear su pago es un privilegio natural a su casta. Están convencidos de ello. Quieren una Resolución 125 de carga inversa: que socialice las pérdidas y privatice las ganancias, que transfiera a la comunidad los riesgos y centralice en pocas manos, elegidas en silencio por la sabiduría de Dios, el fruto extraordinario de la tierra.

“El cambio no debe reducirse a lo funcional, debe ser conceptual”, dijo Néstor Kirchner en junio de 2003. Para ello, son indispensables unidad y organización. Conciencia. Cohesión y pueblo en movimiento. Mirada en diagonal, sobre el conjunto. Comprensión estratégica: cuidar siempre, como el valor más preciado, el nivel de ocupación. En síntesis: sintonía fina. Mientras las condiciones terminan de fraguar, está el Estado.