Datos personales

Buenos Aires, Argentina
Buenos Aires, Argentina Demetrio Iramain nació en Buenos Aires, en mayo de 1973. Es poeta y periodista. Tiene algunos libros de poemas publicados, otros permanecen inéditos, y algunos textos suyos integran tres antologías poéticas editadas en el país. Dirigió la revista Sueños Compartidos y actualmente, ¡Ni un paso atrás!, ambas de la Asoiación Madres de Plaza de Mayo. Es columnista de Tiempo Argentino y Diario Registrado. En radio, co conduce el programa Pra frente (P’frenchi), en la AM 530, La Voz de las Madres.

sábado, 7 de mayo de 2011

Un intelectual a medida del alfonsinismo

Sábato o la curiosa civilidad de un “demócrata” 

Publicado el 6 de Mayo de 2011

 
 
 

Relativizar la anuencia del escritor para con el régimen apelando al ‘contexto general’ o al ‘pensamiento medio de los argentinos’ diluiría al mismo tiempo el claro ejemplo de valientes intelectuales contemporáneos de Sabato, como Roberto Santoro o Paco Urondo.
 
La muerte en Occidente, también la de Ernesto Sabato, suele situarnos ante conflictos de índole moral. Entre otros, el siguiente: ¿es legítimo objetar las conductas de quien ya no puede defenderse? Quizá el contexto o la espesura de lo que se reproche resuelvan ese dilema. Tratándose del accionar público de Sabato durante el mayor genocidio que haya padecido nuestra historia social, modestamente entiendo que el uso del arma de la crítica está plenamente justificado. 
 
 Si a los “librepensadores”, privilegiada condición social a la que sólo pueden acceder intelectuales no orgánicos de la causa popular, se les permiten ciertas jactancias ataviadas de “licencias poéticas”, ¿por qué no puede cuestionarse la actuación civil de un escritor? La individualidad de nuestros pensamientos, así fueran geniales, no va a preservarnos de la Historia. “Sólo la construcción colectiva nos reivindicará” frente a ella, como rezongó Néstor Kirchner a José Pablo Feinmann. Para lo otro están los circuitos académicos, los suplementos culturales y los premios literarios, como el Cervantes, que Sabato supo cosechar en vida. Para el surrealista Paul Eluard, “el espíritu sólo triunfará en sus manifestaciones más peligrosas. Ninguna audacia intelectual puede conducir a la muerte.” Menos aún la vacilación. 
 
 Por cierto, no sólo el almuerzo con Videla –que también compartió Borges– escandaliza en este escritor. Sabato fue funcionario de Aramburu; apoyó el golpe de Onganía; festejó con énfasis y declaraciones públicas los mismos goles que gritó la Junta Militar en el Mundial ’78; ya en plena carnicería genocida, confundió imperdonablemente el objeto de su furia contra los totalitarismos, escribiendo lo que sigue para una publicación alemana: “A Perón le faltaba toda grandeza; fue un siniestro demagogo, que se rodeaba de criaturas corruptas y serviles y que perseguía a todos los que no pensaban como él con cárceles, torturas y asesinatos.” Todo esto sin contar el patrioterismo que le subió como un sarampión cuando J&B Galtieri invadió las Islas Malvinas, ni mensurar que en 1984, ya durante los tiempos de la legalidad republicana, Sabato todavía defendía públicamente al nuncio apostólico monseñor Pío Laghi, amigote de Massera y confidente de torturadores. 
 
 Relativizar la anuencia del escritor para con el régimen apelando al “contexto general” o al “pensamiento medio de los argentinos” diluiría al mismo tiempo el claro ejemplo de valientes intelectuales contemporáneos de Sabato, como Roberto Santoro o Paco Urondo. Para que se entienda: si hablamos bien de Rodolfo Walsh, ¿podemos no hablar mal de Sabato? Ellos sí fueron comprometidos, no sólo con su tiempo histórico (al fin y al cabo Ernesto dio cuenta de él almorzando con Videla y reclamándole por los derechos de autor de los escritores), sino con el destino de su pueblo, que es más determinante. Ni siquiera la muerte hace que todo dé lo mismo. 
 
 Lo grave no fue, pues, sólo la comilona con el dictador, sino lo que Sabato dijo a su salida, tras haber callado ante el general el secuestro de Haroldo Conti, a pesar del encargo previo formulado expresamente por los grupos que denunciaban la represión del régimen. “Videla me dio una excelente impresión. Se trata de un hombre culto, modesto e inteligente. Me impresionó la amplitud de criterio y la cultura del presidente”, comentó el escritor tras el tentempié. Sus dichos fueron reproducidos ampliamente por la prensa cómplice. Fotocopias de esos artículos de diario fueron repartidos por las embajadas argentinas en las naciones de Europa donde la colonia exiliar de nuestro país, cuyos miembros eran tratados de “anti nacionales”, buscaba llamar la atención sobre los crímenes. Para entonces, en la Argentina ya habían sido secuestrados decenas de intelectuales, sin contar los trabajadores.

Todas estas evidencias están expuestas con sobrado rigor documental en una célebre polémica que Osvaldo Bayer y el mismo Sabato mantuvieron en el Periódico Madres de Plaza de Mayo, en marzo de 1985. Aquel debate ya forma parte de nuestra cultura post dictatorial, y aunque se quiera impedirlo, es continuado ahora por las nuevas generaciones, que asisten a él sin cola de paja ni deuda alguna con el pasado, porque comprende eso tan vivo y palpitante que todos juntos componemos, incluso sin tener cabal conciencia a veces de ello: la Historia de los pueblos. No de la literatura. 
 
 Si no, ¿cómo se explica la inmediata operación cultural de los medios hegemónicos tras la muerte del escritor? Grondona y Kovadloff llorando como viudas, ¿qué quiere decir? Strassera y Fernández Meijide convocados de urgencia por Magnetto, que hizo de la muerte de Sabato el primer acto de campaña de su nueva esperanza electoral, Ricardo Alfonsín, cuyo apellido siempre estará ligado a la democracia domesticada que ansían nuestras élites culturales y económicas, tan distante de la que estamos construyendo, ¿cómo se neutraliza? 
 
 La derecha en sus múltiples variantes y discursos siempre aspirará a frustrar el proceso de reapropiación crítica sobre nuestra historia de dos siglos de derrotero, incluida la política de impunidad –disfrazada de “ejemplificadora justicia”– del primer alfonsinismo, de la que Sabato fue su más emblemático intelectual orgánico. 
 
 Y sí, en 1984 el escritor se convirtió en el pensador a medida de aquel radicalismo en ascenso. Su eterna desesperanza y sus cuestionamientos a “las bandas terroristas que sin dudas han sido puestas en gran parte bajo control” por la Junta Militar, lo convirtieron en el modelo perfecto de intelectual de la “democracia” reconquistada, institucionalidad que nunca honró la palabra que la nombraba sino hasta muy entrado el año 2003, y cosechó entonces su gran premio cívico: redactar el prólogo del informe Nunca Más, confeccionado por la comisión de “notables” que él presidió (la CONADEP), y en el que Sabato plasmó en pocos párrafos esa criatura que dio en llamarse “teoría de los dos demonios”. 

Esa infame versión radical sobre el terrorismo estatal no fue, en verdad, fruto del pesimismo literario de Sabato. Ya en las primeras medidas del gobierno de Alfonsín estaba expresada. Bien lo dice Ulises Gorini en su libro de investigación sobre la Historia de las Madres de Plaza de Mayo: “La secuencia numérica de los decretos que ordenaban el enjuiciamiento de las cúpulas guerrilleras y militares –el 157 y el 158, respectivamente– llevaba la marca poco sutil de una periodización de la historia funcional al mito de los ‘dos demonios’, según la cual la acción guerrillera había precedido a la represión militar, a la vez que la última había sido una respuesta a la primera.” 
 
  En una carta que Sabato recibiera del Che alguna vez, Guevara ennobleció al escritor, sólo que hacia adelante. “Sé que ese día su arma de intelectual honrado disparará hacia donde está el enemigo, nuestro enemigo, y podremos tenerlo allá, presente y luchando junto a nosotros”, le dijo en el tramo final de la misiva, escrita en 1960. Sus juicios pesan todavía. 
 
 Es la Historia, que “se cuenta sola; sólo hay que saber leerla”, la que revirtió aquel fallido pronóstico del legendario comandante revolucionario.

martes, 3 de mayo de 2011

Viva la muerte

El imperialismo, de fiesta




por Demetrio Iramain

El corresponsal de Clarín da su informe para el medio radial de la factoría mediática. Desde Washington dice a la audiencia de Radio Mitre que la gente que se congrega en las puertas de la Casa Blanca a festejar el asesinato de Osama Bin Laden no porta un sentimiento de venganza, sino de reclamo de Justicia. Extraño. Seguramente esas multitudes desconocen la consigna de los falangistas españoles proclamada casi un siglo atrás, y que inauguró la masacre en España, seguida luego en toda Europa: “Viva la muerte”.

¿Se le puede llamar “Justicia” al crimen cometido por un ejército de ocupación en un país distante a miles de kilómetros de sus fronteras nacionales, resuelto por decisión de su presidente constitucional, quien, como un macho letal entre la furia de la vida más irracional, confiesa al mundo que “la orden para matarlo fue mía”? Ni el gobierno paquistaní fue advertido de la proximidad de la operación de inteligencia montada por la CIA y que motivó la fulminante acción armada.

El imperialismo es así. Brutal si republicano; sutil cuando de demócratas se trata. No respeta la soberanía de los demás países casi nunca, pero, eso sí, a Bin Laden lo entierra en el mar, en conformidad con las creencias islámicas de la víctima. Cualquier semejanza con los vuelos de la muerte de la dictadura militar argentina es mera coincidencia.

Cuando Obama asumió su gobierno, declaró que lo primero que haría sería desmontar sus cárceles en la bahía de Guantánamo, territorio de la isla de Cuba. Todavía estamos esperando. Sin contar la ofensa que ello significa para gobierno y pueblo de ese pequeño país cuya revolución socialista todavía se mantiene en pie, las condiciones de detención allí verificadas hieren la condición humana.

Elecciones legislativas mediante, que Obama perdió en manos de la derecha más visceral, su gobierno no sólo mantiene la base imperialista, sino que intenta calmar la sed de sangre de los conservadores logrando el ansiado trofeo que ni Geroge Bush hijo alcanzó durante su fiebre de bombas: el cuerpo sin vida del combatiente saudí.

No obstante, a no desesperar: la CIA ya anunció que “los terroristas casi con seguridad intentarán vengar la muerte”. Ergo, el increíble presupuesto militar para seguridad interior y armamento bélico continuará tanto o más abultado.

Esta vez la exitosa operación realizada por un comando de elite no provocó otras victimas civiles o militares. No hubo daños colaterales en la acción. Distinto sucede en Trípoli, claro, donde tras el bombardeo aliado lanzado el mismo día de la operación en Paquistán,  resuelto contra la opinión de la mayoría del mundo con excepción de los países con derecho a veto en el Consejo de Seguridad de la ONU que autorizaron la incursión armada de la OTAN, murieron un hijo y tres nietos de Khadafi, pero Muammar no.

“Nuevamente se nos recuerda que Estados Unidos puede hacer lo que se proponga. Esa es nuestra historia”, dice el Presidente del país campeón de la democracia representativa y liberal que tanto le gusta a Vargas Llosa. Incluida la venganza, que tratándose del imperialismo más cruel de la civilización humana por aquí se llama, paradójicamente, “justicia”. Jactancias de la libertad de expresión.

lunes, 2 de mayo de 2011

Sábato contra toda ética



 
por Demetrio Iramain
 
Borges decía que “fuera de la ética, las opiniones de un hombre suelen ser superficiales y efímeras”. Al fin y al cabo, eso es lo que cuenta ahora, que murió Ernesto Sábato y mientras todo el mundo recuerda su tarea al frente de la CONADEP, uno no puede olvidarse de su almuerzo con el dictador Videla, que también compartió Borges, en el que el escritor se acordó de olvidar el secuestro de varios de sus colegas, a pesar del encargo previo formulado por los grupos que ya denunciaban la feroz represión del régimen dictatorial.
 
Eso no fue todo: a la salida de aquella comilona, ante los periodistas que aguardaban expectantes y para desilusión más absoluta de los familiares de los desaparecidos, Sábato expresó: “Me dio una excelente impresión. Se trata de un hombre culto, modesto e inteligente. Me impresiono la amplitud de criterio y la cultura del presidente”. ¿Y la ética, señor escritor?
 
Mientras Borges, al menos, pidió perdón años más tarde, Sábato todo lo contrario. Don Ernesto apenas si se lavó el rostro sucio de olvidos y agachadas en la plácida fuente servida por el alfonsinismo. Una línea de conducta, que se dice. Sólo quién aceptó comer sin sobresaltos con el genocida que acuñó por primera vez el término “desaparecido” para referir su propia criatura criminal, podía escribir el texto introductorio al Nunca Más y plasmar en él, con pocas palabras, el mito que se dio en llamar “Teoría de los dos demonios”, según el cual guerrilleros y militares eran exactamente iguales por el empleo de las armas y la violencia física en sus acciones.
 
Lo peor que podría pasarle a la sociedad argentina contemporánea es que la muerte de Sábato congele sus cambios culturales, su desarrollo ideológico  y su cognición crítica sobre su proceso histórico de 200 años de derrotero, impidiéndole situar en la perspectiva que lo venía haciendo la política de impunidad –disfrazada de ejemplificadora Justicia– del primer alfonsinismo, de la que Sábato fue su más emblemático intelectual orgánico.
 
En 2006, a 30 años del golpe militar, un nuevo prólogo del informe Nunca Más puso las cosas en su lugar respecto de la falaz versión radical del Terrorismo de Estado. Con rigor histórico, el nuevo prefacio tuvo el mérito de no quitar de las sucesivas ediciones el texto inicial, sino de discutir con él, abiertamente y de cara al lector. 
 
Contrariando las prescripciones de nuestra tradición occidental y judeo-cristiana, tratándose del segmento más trágico de nuestra historia social, ni la muerte redime las graves faltas éticas de un hombre durante su vida. La Historia , que se cuenta sola, ubica a todos y cada uno en su lugar; sólo hay que saber leerla. Así, al menos, dijo la presidenta Cristina Fernández de Kirchner en su mensaje a los trabajadores, un día antes de la muerte de Sábato.